martes, 23 de junio de 2015

MASCARILLA



“Leí que la sangre hace que la piel se vea linda y lozana, sólo hay que ponerla sobre la cara y dejarla secar ¡quiero una mascarilla de sangre!” me dijo mi hija adolescente entusiasmada.

Siempre había sido de las chicas que se cuidaban mucho. Sus baños tomaban un buen tiempo, más que prudencial y entraba a dárselo con muchos envases y ungüentos para untárselos de pies a cabeza. Limpiaba, humectaba y exfoliaba cada zona de su cuerpo y cabello. 


¡Obsesión! Lo llamaba yo, no pasaba un día de su ceremonia del baño y cada sábado de su “home spa” que hacía religiosamente.

No podía salir de la casa sin cerrar la puerta y golpear cuatro veces para ver si estaba totalmente cerrada y debía tocar la puerta tres veces al entrar. El persignarse al pasar cerca de iglesias y lugares sagrados también estaba dentro de sus costumbres.

Siempre había visto todo esto como simples manías, hasta su amor por los gatos era obsesivo. Decía que había sido uno en su vida anterior y dormía con varios sobre su cama en posiciones muy parecidas a las de ellos.

Comenzó a experimentar con sangre como había declarado. Los pollos fueron los primeros en pagar su ansia de belleza. La fila de pollos decapitados en el granero daba testimonio de sus mascarillas diarias. “¡No sirve mamá, mi piel no queda como decía en el artículo, mira tengo la piel toda ajada, se me ha secado, malditos pollos y su sangre podrida!” renegaba mirándose al espejo.

“Tal vez animales más grandes”

“¿Tus gatos?”

“Por Dios, ni que estuviera loca mamá, leeré nuevamente ese artículo para ver a qué tipo de sangre se refería”

Regresó con un cachorro bajo el brazo,  el perrito le lamia las manos sin saber las intenciones de su aparente protectora.

“¿No lo harás verdad? Es un pobre animalito, siempre te hemos enseñado a respetar a los animales, pertenecemos hasta a sociedades protectoras. Lo de los pollos te lo permití porque, al fin y al cabo, son comida. ¡Pero animales domésticos no! ¡No te lo permito!”

Me miró con los ojos hechos flamas. Me acerqué a ella quitándole de los brazos el cachorro.

“Ven aquí, soy tu madre, ya había pensado en tu mascarilla y tu piel ¿para qué crees que somos las madres si no es para preocuparse por su hijos?

Dejé al perrito en el piso que corrió presintiendo su milagrosa salvación. Le entregué otro animal a mi hija, un mamífero mayor, con sangre más pura que lograría sus expectativas.

“¡Gracias mami”! me dijo mi hija feliz llevándose en sus brazos al cachorro humano.