sábado, 10 de octubre de 2015

CAVILACIONES I: Tijeras




Las dos tijeras de podar se clavaron en el césped recién regado formando una X. El hilo de sangre que mis pasos dejaban atrás y corría entre el fresco pasto solo era una huella más de la masacre que había tenido a cabo minutos antes.


Las tijeras brillaban al sol cuando pasé por aquel jardín cerca a la casa de mi primo Ivan. Algo llamó mi atención hacia ellas. Un instinto primario hacía volver mis ojos hacia sus formas. Mi corazón latió y pasaron mil ideas por mi cabeza.

Su borde, su color plateado que resplandecía. Brillaba, brillaba como una pequeña guillotina. Pensar que esa punta, ese filo, podía quitarle la vida a alguien en segundos me hacía sentir poderosa por tan sólo atreverme a pensarlo.  Saber que la blanda carne sería tan fácil de penetrar por ellas, que cortaría piel, tendones, músculos, órganos, me hacían extasiar los sentidos. 


Sería tan fácil tomarlas y atravesar un ser humano de un golpe certero. Detuve mi camino hacia la casa de Ivan y me quedé de pie contemplando el objeto de mis cavilaciones. Miré a ambos lados, los jardineros estaban lejos. La acaricié con mi mirada, su mango de madera, tan rudo, tan fuerte y tan tosco, como debía ser el astil de un arma tan sanguinaria. Ambas bases de las hojas que se unían en la coyuntura de metal, las dos puntas erectas que al cruzarse daban paso al corte limpio con que podría dar muerte lenta y dolorosamente. Cortar, cortar pedazos, tajos de piel, pequeñas incisiones al principio, luego brechas más largas y grandes. Siempre teniendo cuidado de no cortar una vena importante u órgano vital. Hay que prolongar el dolor. Hay que prolongar los gritos, el sufrimiento. 


La sangre bañaría el piso del lugar donde lleve a cabo mi fantasía, mis zapatos se llenaran del oscuro líquido y en éxtasis sentiré las gotas salpicar en mi piel manchándola. Sangre tibia que correrá a través de mi cuerpo en forma de hilos carmesí. 


Cerraré mis ojos en la oscuridad y lo disfrutare como una mujer a su amante más ardiente. Los gritos en mis oídos, las lamentaciones, el poder en mis manos, una vida en mi conciencia. El sabor de la sangre en mi boca, su olor a hierro combinado con lágrimas. La visión del ser humano en su más indefenso momento y yo con mis tijeras de podar, de píe, todopoderosa. Máxima arma para alguien como yo, alguien tan frágil, tan pequeña, tan delgada. 


Quien sino yo soy la asesina perfecta. El mal que embotellado revienta en su pequeño empaque como los ojos estallan en el momento final, cuando ¡oh que casualidad tan celestial! Cada hoja filosa se hunde en su respectivo globo ocular llegando suavemente hasta el cerebro que impávido muere al contacto con el frio hierro. 


Estaba lista, las tomé, miré el camino hacia la casa de mi primo. ¿Qué mejor si todo quedaba en familia?