jueves, 1 de octubre de 2015

HEROE



“Los pasos del asesino se escuchaban cada vez más cerca, mi pierna quedó atrás en el oscuro pasillo. Arrastrando el muñón sangriento llegué a la puerta trasera y salí rodando las escaleras como un bulto deforme. El ojo me colgaba fuera de la cuenca golpeando mi rostro en cada movimiento. No sé quién era más monstruoso ahora. Con la pierna que aún me sobraba empujé la puerta cerrándola escondiéndome bajo las escaleras. La guadaña que previamente había escondido bajo los escalones se encontraba ahí justiciera.

El asesino del machete salió hecho una tromba abriendo la puerta de un golpe, saltó hacia afuera mirando el horizonte buscándome. No había terminado de pasar la vista a todo lo largo de él cuando de un certero golpe su cabeza salió volando hacia las hojas secas que el otoño había arrancado de los arboles cercanos. Estas crujieron al peso del cráneo del malnacido que rodó delante de mí y acabó deteniéndose con su mirada clavada en mi, ahora, único ojo”


Apagué la PC y di el último sorbo a mi café ya frio.  Había terminado una nueva aventura de mi personaje emblema. Era un héroe, había triunfado ante todos los monstruos terrenales con las mentes más enfermas que alguien haya podido imaginar. Lo había hecho pasar por torturas y dolores inimaginables. La guadaña era su símbolo inconfundible.


La saga había dado la vuelta al mundo y solo seguía escribiéndola por el placer de hacerlo. Económicamente me había dado todas las satisfacciones que un libro famoso puede darte aparte de la satisfacción de ser leído por miles de personas. Tenía fama, fortuna, reconocimiento.


Fui apagando las luces a medida que llegaba a mi habitación para descansar al fin. En el baño me miré al espejo mientras me desvestía para ir a los brazos de Morfeo. Las marcas en mi piel adivinaban los años que habían pasado desde que salí del vientre de mi madre.  Abrí las sabanas frías y me cubrí para dormir plácidamente.


Horas después me levanté con una sed terrible, mi garganta estaba seca y había olvidado llenar la jarra de agua infaltable en mi mesa de noche. Descalzo salí a la cocina, aún el manto de la noche cubría el cielo estrellado, podía verlo desde la ventana de mi apartamento en lo más alto de aquel edificio.


Con los brazos extendidos como un ciego, llegué a la cocina. Mis ojos iban acostumbrándose a la lóbrega noche. Agarré un vaso y lo llené con agua del grifo, siempre me había gustado más que la ya cocida, tomé un largo sorbo mientras regresaba a mi pieza atravesando la cocina. La bebí con tanto ímpetu que un poco chorreó fuera de mi boca cayendo al piso. Tanteando con la mano en la oscuridad busqué el papel toalla para secarlo sin encontrarlo, tuve que regresar sobre mis pasos para hallarlo y regresé al lugar del piso mojado sin calcular bien. Mi pie descubierto resbaló en el piso cerámico y fui cayendo agitando los brazos tratando de asirme de algo que me detuviera. Sentí un golpe seco en la mano antes de caer al piso golpeándome la cabeza, un dolor punzante atravesó mi cráneo y mi muslo. El líquido caliente bañaba mi cara sin parar, traté de limpiarme con el papel que llevaba en la mano y sentí que algo golpeaba mi rostro. Traté de incorporarme y mi pierna herida no me dejó, me arrastré hasta el interruptor, hice un esfuerzo para estirarme y prendí la luz.


El porta cuchillos estaba en el suelo con varios de ellos regados por el piso, mi muslo cortado sangraba profusamente sin parar. Miré hacia abajo a la sombra que golpeaba en mi cara.  Mi globo ocular estaba a la altura de mi boca rebotando contra ella. Un grito terrible salió de ella antes de desmayarme.


Me levanté por las luces parpadeantes y el sonido de la sirena,  escuchaba una voz decir: “Cortó una arteria, habrá que amputarla”. La vista de mi único ojo fue apagándose por la impresión mientras una sombra más oscura que la noche misma se dibujaba en el interior de mi párpado empuñando una guadaña.