viernes, 29 de enero de 2016

HERMANA

A Isa...

Las mecedoras se movían una al lado de la otra en un movimiento desordenado.  El marrón de su corroída madera podrida hace mucho, sobresalía del blanco albo y casi celestial del lugar. Su sonido era chirriante gracias a los pobres  tornillos que por siglos habían unido aquellos pedazos de madera que las formaban.

Adelante y atrás se balanceaban sin parar,  en un vaivén hipnótico.

El blanco de la habitación me cegaba. El piso,  el techo y las paredes sin esquinas le daban al lugar una atmósfera de paraíso muerto.

Mi hermana se balanceaba sobre una de las viejas sillas, calmada, quieta, feliz. La miraba desde lejos sabiendo que yo había sido la autora de esa felicidad. Mi ser se iluminaba tan solo pensando que había sido capaz de darle al fin eso que tanto deseaba. Eufórica me acercaba a ella para abrazarla, para hacerle ver cuánto la amo. Su esposo la tomaba de la mano balanceándose en la otra silla. Ambos, almas gemelas encontrándose nuevamente. Ella sufrió mucho su partida años antes y yo había sido artífice de su reencuentro.

De espaldas a mí, no se daban cuenta de que me aproximaba lentamente, los sorprendería para felicitarlos y expresar mi alegría por ellos. Paso a paso me acerqué a la pareja de amantes,  apretaba mi pincel entre los dedos, listo para que éste diera vida a los más hondos sentimientos que ellos me provocaban.

Abracé a ambos desde atrás rodeando sus hombros con mis brazos, mi rostro entre los de ellos sonreía regocijado por su unión.  Ambos eran majestuosos, sus cuerpos desnudos dejaron de moverse a mi toque para dejar ver su esplendor. Mi hermana, por supuesto, más hermosa, mostraba sus sinuosas formas femeninas redondas e insinuantes. El, en cambio, tenía un color plomizo, su cuerpo seco mostraba una piel más delgada y sus ojos habían perdido el brillo de antaño,  era lógico ya  que se había ido hace años.

Sin más caminé delante de ellos, mi pincel recogió la sangre que caía por sus cuerpos como dos pálidos frascos llenos de fresca pintura bermeja rebosante. El rojo liquido contrastaba con sus blancas pieles que inertes la dejaban correr sobre ellas.

¡Ah mi preciosa hermana! ¡Cuánto había sufrido la ida de su esposo! ¡Cuánto lloraba todas las noches por él! ¡Cuánto la había escuchado en su lamento nocturno mientras yo solo deseaba su felicidad!

No pude soportarlo más ¡la amaba tanto! La llevé con él, solo había que vaciar su cuerpo, solo había que cortar, preciso y profundo. Solo había que despegar piel del musculo y carne de huesos, dejarla ir, dejar ir su vida entre mis dedos mientras sus pupilas se apagaban  bajo mi mirada que le entregaba todo el amor del mundo.

Cubrí su cuerpo solo con los hilos carmesí que aun manaban de él acomodándola en su amada mecedora de madera y su consorte vino por ella a llevarla con él eternamente. Los dos unidos en un solo camino. Se la entregué para siempre.

Impregné mi pincel repetidamente en sus cuerpos ensangrentados. Llené las paredes con mis pensamientos más profundos, cantando al amor eterno en un frenesí de felicidad. ¡Que más expresión de amor que el escrito con sus propias sangres! Frases llenas de amor de los más grandes poetas que le cantan al sentimiento más puro. Mis letras escarlata llenaban todas las paredes alrededor de los amantes en un canto a su amor perpetuo.

Me alejé admirando mi obra, las paredes blancas sin esquinas, las letras rojas encarnadas, mi hermana pálida e inerte tomada de la mano de su eterno compañero que nunca volvería a dejarla.



jueves, 28 de enero de 2016

DIOSA NOCTURNA

Habitación en penumbra. Entre sueños mis ojos se posan en la ventana entre  abierta,  las cortinas se mueven al compás del viento  y éste entra sin permiso silbando en mis oídos que despiertan a su llamado.

Bajo las frazadas que cubren mi cuerpo, mis ojos se asoman buscando a la sutil luna que aparece entre las nubes nocturnas. Mis pupilas son el reflejo de ella y de sus rayos plateados.

Mis ojos se entrecierran por los brazos del sueño que me acuna, la luna y sus hermanas nubes van desapareciendo de mi vista para dar lugar a la oscuridad de mis párpados.

Espero que la hermosa luna se desvanezca, pero, ¿qué pasa con la matrona de las  noches? ¿con la señora musa de trovadores y suicidas?  Se me acerca sin cesar, sin parar se me aproxima.  Estira su cuerpo esférico en un camino largo de chispas plateadas que se cuelan por el marco de mi ventana creando una pequeña poza de plata al  pie de mi cama.  La  brillante esencia se levanta, sus formas sinuosas se mueven lentamente formando un cuerpo perfecto.

Preciosa mujer del espacio, arrebato de poetas hecho piel  bajada de la bóveda estrellada. Me cubre, me besa con su lengua  fulgurante que ilumina mi mortal tez en su camino.  Me dejo llevar por su presencia celestial, por su sideral ternura. Agasajo mis manos con la perfecta entidad, busco el lado oscuro de la luna que se me ofrece como dama aparecida. Lo encuentro, lo tomo, lo poseo. Es mía la soberana de la noche en sus cuatro fases, en menguante vergüenza y creciente lujuria.  Estimula las mareas de mi vientre con su poderoso influjo, me permite desbordarme en las entrañas de su Mar de la Tranquilidad y crear vida en su estéril superficie.

Solo soy un poeta enamorado de ti, diosa nocturna.



*Gracias a Isa por la inspiración.


domingo, 17 de enero de 2016

BELOVED: HUERFANOS



*Favor leer el presente relato escuchando la melodía adjunta.

Con los ojos cerrados y moviéndose frenéticamente, la pequeña mueve el arco del violín rojo carmesí que toma vida en sus manos denotando todos los años de su existencia. Las notas vuelan como vapor invernal alrededor de su cuerpecito que enfunda en un vestido de seda rosa, sus guantes acarician el instrumento haciéndolo flotar en sus sonidos etéreos, susurrantes y gaseosos que se tornan en agresivos gritos de agonía y desmembramiento cuando sus dedos lo torturan sacándole notas que sólo podrían existir en el infierno mismo.

Sus rizos se mueven sobre su espalda donde un hermoso listón de encaje remata el coqueto atuendo.

El violín queda en silencio, la pálida infante toma aire en un suspiro profundo  y comienza a tocarlo en un baile clásico donde sus zapatitos de raso del mismo tono del vestido danzan como los rayos del sol en la aurora que no ve hace siglos.

Pequeña sabandija de oscuros subterráneos y rincones en penumbra ¿que esta cavilando tu degenerada mente? ¿Como estas planeando saciar tu hambre esta noche de Reyes?

Pequeña Mariette, beloved one, querida, querida niña inmortal e infernal ¿a dónde te dirigen bailando tus pies de muñeca?

Noche de Reyes, noche de regalos y deseos cumplidos. En los hogares se sienten las chimeneas encendidas y el olor a chocolate caliente que abraza a cada ser que los habita.

Afuera, sólo los desdichados, los desprotegidos, los rechazados por la gracia de tener una familia, los que en su vida no hicieron nada bueno a los ojos de nuestro querido Dios para ser amados.

La dulce Mariette camina sobre la nieve que cubre como blanca alfombra las empedradas calles de la Londres victoriana. Un ángel entre mendigos, una diminuta aparición bendecida con gran belleza inocente.

Pequeña huérfana en busca de acogida en el noble edificio.

 A sus puertas llegó sólo con su pequeño violín en la mano, sus bucles al viento y hambre en su rostro.

La nieve mojó su vestido y sus zapatos de tela empapados la hacían tiritar a la vista de la buena mujer que le abrió las puertas del lugar.

- “Pequeño ángel ¿cómo alguien osó abandonarte y dejarte en orfandad?”

Adentro los demás dejados, como ella, disfrutaban de la cena que buenos mecenas les ofrecían y se aprestaban a abrir los regalos donados.

Mariette se sentó entre ellos, cambiada ya, con la humilde ropita prestada. En un rincón, sus ojos fulgurosos veían toda la algarabía y la alegría de los regalos desenvueltos por los huérfanos cuyos semblantes brillaban con toda la felicidad de la esperanza mientras ella tocaba con sus blancos dedos el cascabel que colgaba en su cuello.  Los  corazones infantiles latían con la fuerza propia de su edad  haciendo que los torrentes dentro de sus venas se convirtieran en diminutos ríos caudalosos de ferroso contenido que despertaba su hambre en lujuriosa sed de sangre.  La niña era acunada por una rolliza dama que la hacía entender que no sabían que llegaría y por eso no tendría el esperado regalo.

Lágrimas fingidas caían por sus redondas mejillas esperando el fin de la fiesta.

Todos se acostaron con las pancitas llenas, durmiendo con su nuevo regalo en los brazos. La pequeña Mariette se levantó en la penumbra de la madrugada, su hora favorita en la que las sombras reinaban llenando las paredes del recinto. Acompañada por ellas y con su pequeño violín, visitó cada pabellón de huérfanos. Fueron muertes silenciosas, colmillitos hundidos en el frenesí más profundo que no dejaron gritar a las pequeñas víctimas. Sangre de párvulo, divina esencia de vida, puro elixir que llena los confines más oscuros de su podrido cuerpecito.

Sació el hambre en su cuerpo y dejó correr la sangre de los huérfanos formando charcos que en el éxtasis del ímpetu usó para hundir el violín y mantener el color que por siglos había tenido.

Al día siguiente el pueblo vio horrorizado como delgados ríos de sangre bermeja escurrían debajo de la puerta cerrada del edificio abriendo surcos en la nieve como los arroyos encarnados del averno. Cada pequeña cama contenía un cuerpo vacío, todos se fueron juntos como hermanitos.

La pequeña Mariette caminaba ya muy lejana por los aun oscuros callejones sintiendo el viento frio golpeando su rostro sonriente. No había llorado en vano, ella misma tomó el regalo merecido con sus manitas enguantadas.




miércoles, 13 de enero de 2016

OLVIDO

Hoy supe que me dejabas.
No quiero ser un poeta que se queja de su suerte, ni dirá que el árbol muere y que las hojas del amor marchito caen en el camino que traza su vida llena de otoños.
Ni que pasa una tormenta, la tormenta de su vida que ahoga sus pulmones en la masa de agua que es tu amor que se va entre olas de añoranza.
Tampoco seré dramático y lloraré agitado en un rincón de mi cuarto, de nuestro cuarto que vio miles de noches tu desnudez más profunda. La desnudez que está bajo la piel y toca los miedos y el alma. 
No humedeceré con lágrimas las sabanas que acunaron nuestros cuerpos en llamas. Aún necesito el olor de nuestro chamuscado sexo.
Finalmente no te detendré, miraré tu camino separarse del mio, tu alma coloreada dejar la mía a oscuras, tus palabras diarias enmudecer mis días, tus ojos sonrientes cubrirse por los párpados que avivaran mi angustia, tu olor tornarse en amargo desvarío, tu cuerpo entregado separarse del mío.
Hoy no me quejaré, lo haré mañana y lloraré tu olvido.


viernes, 1 de enero de 2016

BELOVED: MARIETTE


*Favor de leer el presente relato con la melodía adjunta.

Los adoquines de la calle londinense se iluminan a cada paso que ella da. Los faroles recién encendidos brillan iluminando quedamente el camino de la muerte. La pequeña de rizos dorados se  mueve lánguida en la penumbra. Arrastra su vestido por la fría piedra que se levanta al toque del viento invernal cual alas de ángel incorpóreo. Levanta el rostro a la ligera lluvia que golpea su cara infantil. El sombrero de seda celeste apenas cubre su pálida tez y sus piececitos avanzan inclementes por la oscura y estrecha calle.

Llega al puerto que la recibe con la algarabía de las fiestas, los fuegos artificiales y artilugios traídos del lejano oriente hacen brillar sus pupilas a cada estallido en el cielo, las voces alrededor festejan sin tomarle importancia a su presencia. Qué bien se sentía poder ver el nacer una nueva era. El primer día de un nuevo siglo.

La fría brisa envolviendo las gotas de lluvia se desplaza a su lado, su piel exánime no siente el frío ni el viento, sus pies apenas tocan, ahora, el piso. Las borlas de su vestido se deslizan como alma en pena buscando una víctima para saciar sus instintos. Pequeña asesina, preciosa homicida sin alma ni escrúpulos.

Sonríe al ver a su víctima, se le acerca inocente, está perdida, pide ayuda, llora en su regazo. Siente la piel tibia abrazarla, rodearla con su calor, el latir de un corazón cabalgando y los ríos de color purpura que corren bajo la dermis que la protege.

Se abraza a su samaritana que la ayuda sin pensar, en la oscuridad del abrazo entreabre sus labios carmesís, las blancas perlas de los dientes brillan sutiles. Los pequeños colmillos relucen al clavar la mirada en los ojos horrorizados de la victima que comprende que es muy tarde.

Lanzada a su cuello como frágil flor, sus garritas se prenden de los ropajes y sus dientecitos se hincan en la carne que solo consigue desgarrarse  más a  cada movimiento de intento de huida.

Preciosa víctima, beloved one, aliméntala, nútrela, revívela, haz que sus venas se hinchen y humedezcan, que su pequeño corazón se bañe en tu vital liquido. No dejes morir a mi niña de piel de marfil que comienza a disfrutar de este mundo de oscuridad.

Entre sus pequeños brazos, la inmolada cae, su cuerpo se desliza sin vida ante su infantil mirada. Ya sin sangre, un cuerpo inerte, vacío envase de valioso contenido.

Su vestido no fue manchado, aprendió bien.  Deja caer a la adorada en el húmedo suelo de aquel lugar de celebración. Su sombrerito fue desatado por algún intento de salvación, se acomoda y limpiando sus sonrosados labios con el delicado pañuelo blanco prosigue su camino.

Alrededor de ella la gente celebra extasiada, ninguno de los latientes corazones se fijó en la muerte que llegó en zapatitos de charol, entre luces en el cielo, gritos de júbilo, licor y baile.


Se aleja con su canción infantil en los labios y el  cascabel de su cuello que susurra en la noche. Ahí va Mariette.