jueves, 20 de abril de 2017

ORGASMO

Mis ojos abiertos solo veían tu cuerpo sobre el mío, el vaho que tu piel expelía me envolvía en el torrente de deseo más sublime y salvaje. Nunca en mi vida tuve un hombre que me hiciera temblar la tierra, que me pierda en el placer y que me haga olvidar la existencia mientras me tenía entre sus brazos.

Tus largas caricias me embriagaban haciéndome abrir la boca en gemidos ahogados y algunos escandalosos. Tus manos manejaban mi cuerpo como si éste fuera una muñeca de trapo que encontraste en cualquier lugar.

Cada pose, cada sucia palabra,  cada mordida y arañazo sorpresivo me llevaban a un nuevo nivel del placer más febril.

Había encontrado al fin lo que tanto había esperado, lo que tanto había pedido, lo que solo vi en películas y que supuse, no existía o yo no conocía.

¿Cómo era posible que alrededor mío la gente hablara de sexo lujurioso, de actos en los que no escuchaban, no oían, no olían ni saboreaban otra cosa que no sea el cuerpo de su amante de turno?

¿Por qué yo solo veía el techo o el colchón y pensaba en qué tenía que comprar para la comida de la semana mientras era poseída por un cuerpo caliente pero no vibrante?

Yo era tan simple, tan sencilla en mi forma de ser, de vestir, de vivir.

Mi vestido azul había sido roto por ti, embestido por tus grandes manos que echaron mi pequeña canasta de costura sobre la cama tirando los carretes de hilo multicolores, centímetros y tijeras sobre ella.

Encima, mi cuerpo ya semidesnudo bajo el tuyo se envolvía en mil hilos que lo apretaban cada vez más llegando a cortar la piel en algunos lugares en los que hacías presión olvidado en tu propio placer. Mi piel no se quejaba, al contrario, disfrutaba de aquel placentero dolor que se dibujaba como mapa cartográfico del propio Eros en mi piel desnuda.

El éxtasis llegó al mismo tiempo, en alaridos bestiales, en movimientos salvajes, en sudores compartidos y respiraciones entre cortadas.

El primer orgasmo estaba a mis puertas, entre las dos delicadas medias lunas que cubrían la entrada a mi entraña eterna.

Gemiste como animal en celo, como salvaje ser en el acto más básico y carnal mientras llenabas mi interior con tu simiente.

Mis manos asieron las tijeras que con un corte certero te abrieron el cuello como la boca más provocadora a un beso. Fui bautizada por tu liquido tibio que caía a chorros cual río de añejo vino sobre mi blanco cuerpo. Tus ojos desorbitados y tu boca abierta en un grito silencioso me hicieron entrecerrar los míos en un orgasmo aparte.

La tibieza de tu sangre recorría cada centímetro de mi piel, cada pliegue , cada hoyuelo y convexidad. Mi boca se llenó de ella cayendo como delicada pileta por la comisura de mis labios.

Flotaba en un mar rojo sobre blanca sábana donde me hundía en lúbrica pasión. Las pequeñas olas que se formaban en cada movimiento de tus fúnebres espasmos me tocaban como pequeños dedos infringiéndome crueles cosquillas.

La blanca palidez reinaba en tu rostro vacuo de vida, tu postrero gemido fue comido por mi boca abierta que atrapó tu aliento final. Mis muslos aferraron tu miembro en su última embestida.

El peso de tu cuerpo sobre el mío como minutos antes había sentido; cobraba, esta vez, nuevo significado. Más pesado, más entregado, más mío. 

Totalmente mío, me cubría para nunca más sentir.