miércoles, 18 de octubre de 2017

GÓTICOS



Copas iban y venían en aquella calle del centro de Lima. Mis amigos y yo en un alegre grupo caminábamos mientras nos empujábamos unos a otros haciendo salpicar la cerveza de los vasos de plástico. Las risas estruendosas y las palabras ininteligibles rodeaban nuestra tropa mientras con las miradas desordenadas tratábamos de encontrar un lugar a donde entrar para seguir nuestra fiesta.

El titilar de las luces de alumbrado le daban a esa calle una atmósfera sombría. Una puerta entreabierta de donde salía música muy alta nos llamó la atención y nos dirigimos teniendo ya un destino.

El oscuro lugar nos recibió entre sus penumbras ruidosas, nos adentramos a sus entrañas mirándonos y hablando entre nosotros sin hacer mucho caso del sitio donde entrábamos hasta chocar con un grupo de personas que igualmente disfrutaban de esa noche de sábado.

Buscamos un lugar con la mirada, un lugar que albergara a este pequeño grupo de juerga.

Las paredes pintadas de rojo sangraban bajo ese techo negro y el piso que asemejaba un tablero de ajedrez. El bar completamente negro solo resaltaba por el brillo de las botellas y copas que reposaban en sus estantes.

Giramos nuestras cabezas sintiendo las miradas encima. Nuestros atuendos coloridos llamaban la atención de toda esa gente vestida de penumbra, cuervos de dos patas totalmente de ébano. Nos acomodamos en una esquina del lugar dándonos cuenta del original lugar que nos albergaba.

Gritos profundos que acompañaban la música que, altísimo, nos ensordecía, bailes entre ellos mismos, contra las paredes o personas que danzaban en solitario movimiento.

Me preguntaba dónde estaba la música normal en esa discoteca, porque no escuchaba a mi querida Beyonce, Miley Cyrus o hasta Maluma con sus antitalentosas pero pegajosas canciones.

Nos acercamos al bar a pedir un par de cervezas sintiendo la cercanía de los que ahí se encontraban, un circulo que se cerraba sobre nosotros y del cual huimos antes de que nos encerrara.

Volvimos a nuestro grupo y regresaron las risas y las conversaciones absurdas, olvidadas estaban los comportamientos extraños.  Nuestros jeans y camisetas de colores y diseñador brillaban rompiendo la negrura del lugar.

Las sombras de la oscuridad del sitio parecían cerrarse sobre nosotros cada vez más espesas, tanto así que parecían tocarnos. Volteé al sentir el aliento de alguien en mi oreja. Un grupo de individuos entre hombres y mujeres nos rodeaban, uno detrás de cada uno de nosotros.  La música sonaba más alto, nuestros movimientos bruscos empujándolos y nuestras palabras soeces amenazándolos no surtieron efecto.

Nos agarraron de los hombros, brazos y piernas. Nuestros gritos se perdían entre los suyos que repetían sin parar la misma estrofa mientras de sus labios goteaba en delgado hilo una saliva roja.

¡Ave Satanás! ¡Ave Satanás! – gritaban en nuestros oídos mientras nos arrastraban al fondo del lugar.

Caímos empujados al centro de un circulo pintado en el negro piso.  Alrededor todos estos extraños seres de cuero y encajes negros nos miraban hipnotizados moviéndose al compás de su estridente música.

El aparente jefe de la banda se dirigió hacia un gran cofre, que abrió ante los gritos eufóricos de sus seguidores. Seguro ahí guardaban los cuchillos y armas punzantes con los que nos harían pedazos en algún rito sangriento.

Nuestras miradas se cruzaron conociéndonos ya de años. Sabíamos lo que teníamos que hacer. Metí la mano en el bolsillo de mi jean celeste y sacándola con un giro brusco de muñeca, le abrí el cuello al tipo más cercano a mí saltando sobre el cofre cerrándolo nuevamente. Mi recién estrenada camiseta de cuello impecable manchose de su sangre. Las camisas claras de mis amigos salpicadas del líquido elemento rojo parecían contagiadas de viruela mientras mi amiga de faldita rosa cerraba la puerta del pequeño aposento no dejando salir a nadie aumentando los gritos de desesperación y los gruñidos de pelea.

La ropa negra de los individuos al fin cumplía su fin de demostrar el luto de sus cuerpos al ir escapándoseles las vida. Nosotros, campeones todos de artes marciales desde la primaria, saltábamos sobre los cuerpos vivos cortando, hincando, masacrando, nuestras filosas navajas se hundían en las carnes, la oscura tela absorbía la sangre de los convidados a aquella ceremonia en la cual pretendían ¡Ja! hacer escarnio de nosotros.

Los cuerpos fueron cayendo uno a uno formando una alfombra azabache la cual pisábamos sin discriminar piernas, brazos y cabezas. Pequeñas heridas en arterias imposibles de cerrar nos brindaban incalculables mini torrentes inacabables que bañaron el oscuro suelo igualándolo al rojo de las paredes.

Levantamos los brazos en signo de victoria, cuando el ultimo cuerpo dejo de moverse, lanzamos el grito de guerra de nuestros entrenamientos ¡Sin piedad! Mientras nuestras caras se sacudían enrojecidas por la sangre de los cuervos.


Antes de salir del lugar como soldados marchando uno detrás de otro, abrimos el cofre de las armas, tal vez hubiera algo que nos sirviera. Pero ¡Oh my God! Estaba lleno de camisetas y vestimenta negra lista para ser usada. Estallamos en carcajadas por la pequeña equivocación y salimos del lugar apagando aquella música estridente de una patada, reemplazándola por una civilizada y nos alejamos entre risas mientras las notas de “Despacito” iban desapareciendo.