viernes, 5 de enero de 2018

TAMIEL

Las campanadas de la catedral espantaban a los gallinazos que, negros, sobrevolaban el gris cielo de la ciudad jardín. Lima, oscura como siempre en los días de junio, reflejaba en sus pisos de piedra su tristeza más pura.

Las campanas llamaban a la misa como voces lúgubres entre la bruma de la húmeda mañana. Georgina, ocultaba su rostro tras la mantilla de encaje negro que caía sobre sus hombros, caminaba hacia la iglesia entre cantar de gallos, fantasmas y sombras. De su mano, colgaba un rosario y en sus labios la acompañaba la plegaria diaria:

-“Ayúdame San Tamiel, gemelo del mismo Dios, igual en poder, igual en grandiosidad, igual en benevolencia, todopoderoso Tamiel, santo entre los santos, solo por debajo de Yahvé”.

Uno a uno pisaba los escalones de la catedral que la llevaban a la imagen de aquel santo varón. Caminó a lo largo del pasillo de la nave izquierda de la gran iglesia, donde los santos famosos tenían grandes retablos de madera. Al final, en un delgado desnivel de la pared donde solo se llegaba por pérdida de los pasos o desviación de la fe, yacía su imagen sobre una pequeña columna, sin luz siquiera que lo iluminara. Se arrodilló delante de él. En su bolsillo guardaba la vela negra que aquel bendito ser exigía y la encendió esperando recibir su bendición mientras lo contemplaba extasiada.

Ahí estaba el en toda su gloria, su rostro delgado y de nariz larga apuntaban el piso de loseta recién pulida. Su ralo cabello apenas cubría su nuca y el plomo del yeso, con el cual habían modelado la figura, le daba a su piel un aire mortuorio.


En su mano, un bastón de punta redondeada que asemejaba, ¡santísima sangre de Cristo!, un largo y venoso falo, servía para castigar a aquellos que desobedecían sus normas. Su ropa raída tapaba su piel llena de llagas, producto de las santas orgías y sus excesos en vida por las cuales se le había condenado. Era un pecador redimido.

Georgina se preguntaba si muchos sabrían que bajo ese manto gris y marrón del santo, su espalda escondía un par de alas plegadas que rompían su piel atravesándola a la altura de los omóplatos  ¡Cuanto deseaba algún día poder verlas extendidas! El solo pensamiento la hacía arquear la espalda por el cosquilleo que le recorría la columna.

Arrodillada frente a él, en la penumbra de aquel escondido rincón, Georgina, esta vez, venía a pedir perdón.

Perdón por todos esos orgasmos reprimidos, por todos esos gemidos fingidos. Los pervertidos también tenían un santo y todos ellos sabían que si las depravaciones existían era porque Dios mismo las había dejado ser. San Tamiel cuidaba de que aquellas se cumplieran a cabalidad, en toda su magnificencia y su máxima expresión. Que se manifestaran en todo su éxtasis, que fueran reales, que no se osara romper la sagrada perfección de los excesos o los bacanales que sus feligreses, en su beatifico deseo, decidieran realizar.  Cada hombre, mujer, niño o animal debía cumplir su función so pena de molestar al santo patrón.

Georgina era la más ferviente beata, su más leal seguidora y creyente en sus poderes de cumplir cada uno de sus deseos más oscuros y temerosa de la ira del bienaventurado que tal como milagroso, era cruel sin miramientos.

Pero así como amaba a Tamiel, así era creyente en Dios y su hijo Jesucristo. De la sagrada trinidad; padre, hijo y espíritu santo.

Nada mejor que limpiar su cuerpo y mente con la palabra de Dios, con el espíritu impoluto que invadía su interior con cada Padre Nuestro, Salve o Yo Pecador.

No había domingo en que no asistiera a la comunión con Dios en la santa misa y venerara, al mismo tiempo, a San Tamiel, Patrono de los deseos impuros, un santo incomprendido. Pero ella atribuía su rechazo a la hipocresía de la gente que ocultaba sus más impropios deseos y apetitos.

Qué más demostración de sinceridad, honestidad y falta de falsedad que mostrarse a sí mismo tal cual somos y amar, en todas las posiciones, a tu prójimo, tal como dijo el hijo de Dios.

Ella no había podido conseguir al infante para la festividad de aquel día, su torpe e hipócrita sentido de decencia le había impedido cargar a ese hermoso querubín de rizos rubios y piel sabrosamente blanca que hubiera sido disfrutado por cada miembro de la hermandad del santo querido.

Una malvada vocecilla le había impedido separarlo de sus padres para convertirse en el objeto deseado de aquella fiesta del desenfreno con el cual se festejaba, por estas fechas, al querido San Tamiel, conocedor, tal como Dios, del bien y del mal.

-“¡Maldita moralidad!¡Perversa integridad!¡Desgraciada probidad que me impidió complacerte! Que no me dejó tomar al crío para nuestra sagrada unión. Perdóname San Tamiel por mi debilidad y dejarme llevar por la conciencia”-

De pie se puso Georgina al oír el llamado a la eucaristía y acudió a la comunión por la hostia consagrada. Tomó con las manos la blanca oblea y la llevó hasta los pies de Tamiel, que en ladino silencio, la esperaba.

Pasó el sacrosanto pan por los pies del santo y por cada pedazo de piel que mostraba la imagen. Se atrevió a sobarla entre sus propias piernas para, con un suave gemido ahogado, posarla en su  boca y sentir a ojos cerrados como se diluía en su lengua. La saliva mezclada con el sacro pan bajaba por su garganta, el placer más sublime cuando los músculos de su cuello deglutían, tragaban el líquido blanco que llenaba de sabor su interior y calentaba su vientre. Era el momento supremo de cada domingo, el instante en que se unía con él, el minuto que le servía para darle razón a cada día de su vida.

En arrobamiento estaba cuando la vela se apagó de pronto. La iglesia alrededor fue desapareciendo tras un manto negro que comenzó a ocultarla. Un estremecimiento recorrió su maduro cuerpo y la hizo caer sentada mirando de cara al santo que con un movimiento brusco volteó el rostro hacia ella.

Georgina abrió los ojos que luchaban por no salirse de sus órbitas y abrió la boca en un grito que no llegó a presentarse. San Tamiel ya estaba delante de ella tomándola del cuello con su mano de yeso frío.

La miró con sus ojos negros sin vida, como un par de botones brillosos sin fin en donde la mirada se pierde en la profundidad de la negrura.

-“¡Mil veces maldita! ¡Por tu obscena decencia no podrás nunca más disfrutar del placer más básico y necesario del hombre!¡Inmunda meretriz de vientre seco, no disfrutará tu garganta del lúbrico placer de sentir la sensación de unirse en comunión conmigo!” – escuchó la devota clamar en sus oídos.

La beata quedó arrodillada en el frío piso con la cara cubierta por sus manos, levantó el rostro lentamente para ver a la gente que, mirándola, ya salía de la santa misa que acababa de terminar. San Tamiel estaba impoluto, quieto, en el oscuro altar donde siempre lo encontraba.

Se encaminó a su casa aun temblando al recordar el episodio, ¿habría sido un sueño? ¿Su conciencia por el incumplimiento de su deber para con su santo patrón?¿Alguna alucinación presa de su  culpa?

Llegó a flagelar su cuerpo, nada más satisfactorio que girones de piel arrancados por los maravillosos pedacitos de metal incrustados en sus fustas que limpiaban su alma de todo pecado.

Se dispuso a desayunar sobre la mesa cubierta con mantel de blanco lino. Sirviose el café amargo que humeaba llenando el ambiente de más humedad de la ya habida. Sus labios se posaron temblorosos en el borde de la taza recordando el episodio.

El café caliente llenó su boca, bañó el interior de sus mejillas, su lengua y su paladar, el sabor agrio pero delicioso la hizo olvidar, por un momento, lo acontecido minutos antes.

Se puso rígida en un instante, los músculos de su cuello no la obedecían, lo intentaba mil veces sin resultados, el café aun reposaba en su boca quemándola. Le era imposible tragarlo, no pudo evitar aspirar aire sintiendo el ahogo que le provocaba el líquido en su boca. Fue peor aún, el café ingresó por su tráquea y esófago dejándola sin aire. Cubrió cada conducto respiratorio por el cual la vida entraba a su cuerpo.

Desesperada perdía el control de sí misma, se movía en todas direcciones intentando tomar el aire necesario. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al pensar en una muerte tan absurda ¡por un sorbo de café! Sus manos golpeaban desesperadas las paredes y saltaba, corría y caminaba exasperada al sentir el ahogo inminente.

Minutos duró la tortura y el café desapareció de sus vías respiratorias, tomó una bocanada de aire que, ella sintió, le salvó la vida. Su corazón latía saliéndosele del pecho y un sudor frío, de miedo infinito, recorrió su espalda.

Intentó tomar un poco de agua para refrescar su garganta raspada por el esfuerzo. Los resultados fueron los mismos, sin embargo, esta vez, ni siquiera la intento tragar, solo la escupió al sentir que los músculos de su garganta volvían a rebelarse contra sus órdenes.

Fue a la cama a descansar, temblando aun por el miedo de lo sucedido. Ante sus ojos cerrados, plasmado dentro de sus párpados, San Tamiel repetía su condena.

Despertó al mediodía más relajada. El recuerdo del café y el ahogo estaban quedando atrás y la verdad, ya se le antojaba el agrio saborcito en su boca. El almuerzo también le apetecía, sirviéndose un gran plato de éste.

¡Debía ser una pesadilla! el arroz atragantado en su esófago cubría, como más temprano, también la tráquea dejándola sin respiración. Más tiempo quedó Georgina sin aire esta vez. El arroz era sólido y no desapareció tan fácilmente como el café de la mañana.

Los días pasaron, la beata caminaba apoyándose en las paredes ante tanta debilidad. Alrededor la gente comía y bebía. Sus repisas, sus cajones y alacena, repletos de comida y agua, se burlaban de su desgracia.

Moría de sed rodeada por líquido y de hambre sin que le falte alimento. ¡Qué no hubiera dado porque un poco de líquido pasara por su cerrada garganta!

-“San Tamiel, apiádate de mí, aparta de mi este cáliz. Demuestra la misericordia que el todopoderoso Dios no mostró por su hijo. Comprueba que eres mejor que El” – rezaba con la boca seca, con los labios partidos de sed y el sonido de sus entrañas rugiendo por el hambre y quemando por los jugos gástricos que la devoraban por dentro.

Cada trago de agua de la gente que pasaba por su lado, la enloquecía; ver las gargantas moverse, en la dulce acción de tragar, era su martirio.

El siguiente domingo llegó encontrándola famélica. Salió de la oscuridad de su casa arrastrándose, agarrándose de las paredes hasta la santidad de la iglesia donde San Tamiel, seguro conmovido por sus reiterados rezos y pedidos de perdón, la disculparía y le quitaría el castigo. Estaba segura que apenas la hostia se derritiera en su boca, bendeciría su garganta y la abriría nuevamente.

La hora de la eucaristía llegó finalmente, apoyándose en las bancas se acercó al altar, donde el padre Ludovico poso su mano en su frente haciendo la señal de la cruz y tomando una hostia consagrada en la sangre de Cristo, la poso en la lengua salida de Georgina que en éxtasis la extendía.

Se puso de pie como pudo, sus pasos la llevaron al oscuro rincón de le efigie de yeso. La hostia iba derritiéndose con el calor de su lengua. Esta vez no esperó pasarla por la piel del santo, no esperó acariciar su propia piel con ella, no escuchó su gemido tímido y bestial al mismo tiempo. Sólo necesitaba sentir la saliva llena de santidad cruzar su garganta, acariciar su esófago y caer sobre los jugos gástricos de su estómago apangándolos cual infierno consumido en agua bendita.

Llegó a los pies de Tamiel, los beso sin poder aun consumar el acto de la deglución deseada. La garganta relajada no se movía, los músculos de ésta, como cárcel infernal, retenían el líquido bendito comenzando a bajar por su tráquea, aspiró involuntariamente, sintiendo el ahogo una vez más. Los pedacitos de hostia no diluidos, se le pegaron a las paredes de los orificios de aire, la pequeña porción de agua, que en su interior se asemejaban a un mar entero, inundaban éstos al mismo tiempo.

Se ahogaba con el objeto más sagrado de sus mórbidas fantasías.

“¡Tamiel!”- intento gritar con su último aliento, cayendo al piso al mismo tiempo. La saliva se incrementó por el esfuerzo de respirar, la lengua amoratada sobresalía dándole a su rostro un gesto horrendo.

Georgina miró al santo que esbozó una sonrisa en su cara de yeso, liberando a la beata del castigo.
Volvió a respirar Georgina con una aspiración ruidosa. Se tocó el cuello por el alivio que le causaba el aire nuevamente corriendo por sus pulmones.

Se abrazó a los pies del santo, sabía que no iba a abandonarla, que no podía dejar así a su más fiel devota.

Georgina levantó la mirada agradecida, el santo bajó la mirada complacido. Abrió la boca para advertirle que no admitiría otra falta.

La mujer abrió los ojos violentamente, su boca se desfiguro ampliándose en forma grotesca, la lengua se volteó hacia atrás cubriendo la garganta completamente, la saliva aumentó sin parar llenando su garganta, chorreaba por su boca haciendo charcos babosos alrededor de sus manos que apoyadas en el piso lo golpeaban sin parar. El miedo se reflejaba en el agrandamiento de sus pupilas, las venas de sus ojos comenzaron a reventar convirtiendo su mirada en sangrienta agonía.

Su rostro se puso rojo con el color de la muerte que llegaba enmascarada de asfixia.

Tamiel la vio morir, impotente, quieto, sin vida ni alma, ni movimientos, ni palabras, como siempre había estado. Sólo vivo en la degenerada fe de la mujer que luchaba intentando tomar un aire que no llegó nunca. Colapsó entre gemidos de ahogo, entre lágrimas de esfuerzo, rodeada del miedo más aterrador y la sofocación que le fue quitando la vida lentamente. Su última visión fue hacia una olvidada lápida de mármol de algún mártir olvidado que rezaba:


"Yo soy el Señor; ¡Ese es mi nombre! No le daré mi gloria a nadie más, ni compartiré mi alabanza con ídolos tallados" - Isaías 42:8

“No te inclinarás ante ninguna imagen, ni las honrarás; porque yo soy Yahve tu Dios, fuerte, celoso, que castigo la maldad (…) de los que me desprecian” – Exodo 20:5



martes, 31 de octubre de 2017

GATO-GALLO


Un sorbo más de café me mantiene despierto durante esta noche de estudio. La química y yo no nos llevamos muy bien desde el colegio. Menos ahora que se volvió universitaria y parece que el título la hace más compleja y soberbia.

Me rasco la cabeza mientras las formulas y los pesos atómicos se revuelcan en mi cerebro como amantes apasionados después de un largo tiempo sin verse. El café les calma los ímpetus para que puedan ir desfilando en orden delante de mis ojos y puedan quedarse en mi cerebro como útiles datos que espero usar en una experiencia real alguna vez en la vida.

En la casa oscura, solo el comedor, mi lugar favorito de estudios a pesar de todo, es la única habitación alumbrada a medias. El resto de la casa duerme placida y en el pasillo apenas se divisa el brillo del piso lustrado en donde el eco de las pisadas de mis gatos parece retumbar en mis oídos.

Me concentro en el tema de mis angustias de estudiante para no escucharlos.

Parece que ya se cansaron pues de un momento a otro dejaron de correr como bichos desaforados.  Al fin el silencio necesario para la concentración. Ese silencio que grita en tus oídos, que es como un vapor espeso que entra en ti, abriéndote poco a poco el canal auditivo. Es un silencio pesado.

Se me cierran los ojos, otro sorbo de café caliente servirá. Las letras se nublan y se cruzan entre ellas.

Miro alrededor del cuarto desde la mesa donde mi cabeza se acaba de apoyar vencida por el cansancio.

Nuevamente, el eco de las voces comienza como lo hace de vez en cuando desde esa pared que da al dormitorio de mi hermano. Me pongo de pie despertando de mi letargo y me acerco a ella. Pego mi oído, la acaricio con las manos.

Los sonidos de la misa llegan a mí, los cánticos, los rezos susurrados, las voces de los curas que me llevan por un momento a alguna misa medieval. Los cantos gregorianos me rodean.

El sacerdote principal ora y venera a alguna deidad. No reconozco el idioma, nunca lo hago.

Los feligreses le responden en éxtasis, cantando, gritando, casi gimiendo.

Me quedo esperando a que se acalle aquel ruido, nunca dura más de unos minutos.

Me siento mirando mis apuntes de nuevo, no se callan, esta vez parece que la misa va más larga de lo habitual, quizás porque estamos cerca del Día de los Muertos.

Doy un salto poniéndome de pie y tirando la silla al piso con mi movimiento.

El Gato-Gallo, como mi familia y yo lo apodábamos, gritaba en las afueras de mi casa, el sonido entraba por la ventana, ese grito de gato en celo, de gallo herido, de niño llorando, todo en conjunto en un berrido infernal inexplicable llenaba la noche acompañando a la misa que seguía escuchándose en el comedor de mi casa, la habitación más pesada de esta.

Nadie había visto a ese ser, nunca mi madre nos había dejado asomarnos por la ventana cuando lo oíamos. El aspecto del Gato-Gallo era un misterio. Solo nos helaba la sangre con sus gritos nocturnos. Mi abuela decía que gritaba para que los chismosos se asomaran, para que se asomaran y pudiera llevarlos consigo como el demonio de la calumnia que debería ser.

Un escalofrío corrió por mi cuerpo alejándome de la ventana. Esta vez el gato-gallo no se iba, esta vez se acercaba más y a medida que se acercaba los cantos y alabanzas de aquella misa invisible se hacían más fuertes y exasperados.

Con un golpe de aire frío mis ventanas se abrieron, las cortinas volaban agitándose sin parar. Aquel ser incorpóreo estaba adentro, su presencia se sentía como el miedo más profundo, como el frío más tétrico, como el temor más oscuro que sentía envolver mi cuerpo mientras mi corazón se aceleraba cada vez más y mis pulmones casi colapsaban de la agitación.

La pared de la misa comenzó a deformarse, los bultos y depresiones se movían como si de un mar agitado se tratara.

Una cabeza del color del muro emergió de la pared quedándose colgando de ella como si fuera un cuadro. Tenía los ojos abiertos casi fuera de sus cuencas, su lengua colgaba hacia afuera mucho más larga de lo normal, llenando mi piso de babas oscuras y sanguinolentas, gemía llevando el compás de aquel coro fúnebre.

Otra más emergió de pronto,  ésta tenía los ojos cosidos, inflamados, purulentos. La lengua salía de su boca estirada y tensa, enrollando su cuello en varias vueltas que la ahorcaban cortándole la piel.

Otras cabezas emergieron, las bocas abiertas a la fuerza, las comisuras reventadas, lenguas hinchadas que ahogaban a sus poseedores, todos gimiendo, formando el coro de la misa que siempre había escuchado.

Su dios incorpóreo, su dios gritón, el dios que los había condenado por su propia curiosidad de querer verlo, se presentaba ante ellos.  Ahora formaban parte de su corte infernal, de su séquito de suplicantes perpetuos.

Sentí los dedos largos y fríos del ente alrededor de mi cuello que me tenía indefenso mientras las cabezas se agitaban gimiendo cada vez más alto, extasiados en su propio dolor con el cual alababan a su señor.

Me levantó del piso volteando hacia mí, su rostro transparente ahora se hacía notar en un haz de fuego rojo y su cuerpo asemejaba las alas de un ave de plumaje negro.  Abrió la infernal boca gigantescamente rodeando mi cuerpo con ella. Sentí su aliento a azufre, vi su interior donde las almas que guardaba se retorcían entre las llamas de su estómago.  Iba cerrando su boca sobre mí.

“¡Pero yo no mire por la ventana! “ – reclamé histérico y petrificado con mi último aliento.

El Gato-Gallo me levanto hacia arriba gritándome en el rostro, escuche aquel sonido espeluznante e indescriptible del cual había huido toda mi vida, golpeando mi cara.

Las cabezas se agitaban ahora en silencio, como en un éxtasis conjunto, todas al mismo tiempo, al mismo ritmo.

Volvióme el ser a asirme hacia su boca, condenado estaba yo a que me engulla y formar parte de su colección de cabezas lapidadas, cerré los ojos, su interior ya quemaba mi cuerpo.

La puerta del comedor se abrió, caí sentado en el piso mirando como desaparecía toda mi visión en un segundo mientras mi madre se asomaba preguntándome porque abría las ventanas con tanta fuerza.

No le contesté, aun mis dientes castañeteaban de miedo mientras apretaba una pluma negra en mi mano.






viernes, 13 de octubre de 2017

LENGUA DE GATO

La hermosa pelirroja regreso del bar una vez más con un cliente deseoso.  El pequeño cuarto preparado para estos menesteres los esperaba con su cama de sabanas desordenadas.

Comenzó su trabajo, el recuerdo de los niños hambrientos la hacía aguantar el asco y las arcadas que le producía ese repugnante hombre que se movía sobre ella con sus carnes gelatinosas, rozando las suyas tersas y aun firmes.

Alrededor, el ambiente caliente le daba a cada inspiración el mismo efecto que una ráfaga de vapor hirviendo quemando su tráquea. El sudor del tipo caía sobre sus ojos cegándola por momentos. Las manos de su momentáneo acompañante la escudriñaban torpe y degeneradamente.

Su pequeña mano ya se deslizaba bajo la cama, ya sentía entre sus dedos el mango liberador del martillo que siempre estaba ahí, como amigo inseparable para ayudarla en el momento preciso.

¡Como deseaba ya sentir los sesos del malnacido entre sus dedos, ver sus ojos desorbitados apagándose mientras la plateada y brillante trituradora de carne lo molía lentamente!

¡Cómo se relamerían los niños!

El primer golpe llegó con ese sonido envolvente, ese sonido que la llevaba al placer más sublime. Aquella resonancia de hueso quebrado, de carne reventada, de arteria fracturada al que siguieron más golpes con sus respectivos ecos.

Ya se había levantado de la cama empujando el obeso cuerpo tembloroso a un lado. Acomodó su corto vestido, el cual, el depravado, ni siquiera había aguantado a sacar totalmente antes de arrojarla sobre la cama.  Lo planchó con sus manos tanto como pudo.

El sonido de los quejidos del hombre la relajaban.

Dispuesta estaba a jalarlo por el piso hasta la trituradora mientras veía la sangre brotar por su cabeza y su rosado cerebro asomarse.  El primer jalón fue interrumpido por el llanto de los niños que, hambrientos, no habían aguantado a su llamado.

Se acercaban a la cama con sus piecitos pomposos y suaves sin hacer un ruido. Ella no intento detenerlos, después de todo, era su culpa, no había apurado los hechos, sus platitos vacíos reclamaban su contenido.

Subieron a la cama como pudieron, sus uñitas se asieron a las sucias sabanas y al viejo colchón, comenzaron a trepar sobre el hombre que torpemente se movía.

Lamieron, lamieron la sangre de su rostro limpiándolo totalmente. Sus caritas manchadas de roja sangre los hacían lucir tiernamente depredadores. Sus lengüitas rasposas levantaban sangre, coágulos, pequeñas porciones de carne desprendida y gotitas de cerebro desperdigadas por la ropa del porcino hombre.
Comenzaron a maullar de hambre, los niños lloraban sin parar, ya habían terminado con la sangre derramada.

¡No lo podía soportar ¡No! ¡No sus niños! ¡No volverían a pasar hambre! Y menos teniendo semejante animal para alimentarse.

“No se preocupen mis amores” – se dirigió a los cachorros con adoración – “espérenme un momentito mis bebés,  no lloren, tendrán más, hasta que ya no se mueva” – susurro mientras se alejaba moviendo sus redondas caderas que una vez más se zarandeaban bajo la verde seda del vestido ajustado.

Regresó junto al hombre y los mininos que adorándola la esperaban, les mostró sus manos cubiertas por unos guantes con lija de metal, rematados en delgadas cuchillas que ella misma había confeccionado y que asemejaban la textura de la lengua y las uñas de los pequeños.

“Todo lo que hace una madre por ustedes”- suspiró hablando, mirándolos cariñosa.

Sus manos acariciaban la cara del hombre cada vez con más presión, apretándola, dándole la sensación de mil agujas penetrando su grueso pellejo al mismo tiempo,  propiciando la aparición de incontables gotas carmesí – “Laman, vamos laman con fuerza” – animaba a los gatitos a alimentarse – “saquemos la carne hasta el hueso” – los alentaba eufórica, lamentándose por dentro de no poder poner la lija en su propia lengua.

Se sentó en el pecho del hombre, que aún vivo se trataba de defender inútilmente con movimientos torpes. Su peso lo inmovilizaba, sus manos se deslizaban sobando los gordos cachetes, las diminutas puntas de las lijas se prendían de cada poro, desprendiéndolo, jalándolo, despegando delgadísimos jirones ensangrentados, arrancándolos del rostro entre gritos y gemidos. Las lengüitas la acompañaban en su trabajo lamiendo con fuerza, sorbiendo la sangre. Bigotes manchados, hociquitos impregnados. Ojitos brillantes, grandes pupilas dilatadas de placer.

Metió un par de dedos en la boca del hombre cuyo rostro asemejaba a una máscara de carne molida, los abrió dentro de ella cortando comisuras con las filosas puntas; una grandísima sonrisa apareció en la otrora cara casi llegando hasta las orejas.

La pelirroja rió, rió como no lo había hecho en mucho tiempo, los maullidos la acompañaban como riendo también ante el trabajo familiar. Apoyó las dos manos sobre los ojos, sobo y sobo hasta que los parpados desaparecieron en lenta agonía, hasta que quedaron pegados en los guantes y solo los unían a el hilos de sangre y delgadas tripas de piel. Sobó y sobó hasta que los guantes rasparon los pómulos desnudos, pelados ya de carne y grasa, amarillentos huesos que entre mutilada carne se asomaban.

Los aullidos del hombre eran cada vez más débiles, su cara ya no existía, los gatitos sobre su rostro casi no dejaban verla, sus lengüitas no se detenían al igual que las manos de su madre. Gatitos blancos, negros, amarillos, grises y tricolores ahora todos unidos en monocromo escarlata, ensayaban sus colmillos arrancando tiras de piel colgada, pequeños tigrecitos salvajes.

El último grito se oyó al meter una larga uña metálica por el hoyo que había hecho el martillo en el cráneo, jaló los sesos hacia afuera que salieron  como una larga tira de salchichas rosadas y babosas que cayeron sobre la cama para deleite de los cachorros.


“Que desorden, que suciedad” – frunció el ceño la pelirroja mirando con ojos sonrientes a sus mininos que se relamían las patitas tratando de limpiarse. Arrojó los guantes al piso, en el cual se sentó lamiéndose el dorso de la mano y pasándolo por su frente limpiando poco a poco la sangre y coágulos que se habían pegado en su piel y en su cabello de cobre. 


*Para más historias de la pelirroja por favor click aqui.

viernes, 8 de septiembre de 2017

¡FELIZ CUMPLEAÑOS A MI!


*Favor de leer el presente relato con la melodía adjunta.

Los brillantes colores de mi tiara de princesa reflejaban, en este día de setiembre, los rayos que el sol hacía lucir como partículas de oro en un haz de luz que penetraba por la ventana del castillo de ventanas góticas terminadas en punta como la más filosa espada.

Mi vaporoso vestido bailaba conmigo en una danza etérea acompasada con la música de violines que sólo yo escuchaba. Mis padres mil veces me habían tratado de convencer de que esas melodías no existían pero mis dedos reventándoles los ojos con la presión de solo mi fuerza, los habían persuadido de su existencia.

Sus cabezas me acompañaban ahora como pequeños candelabros para una sola vela y custodiaban a las de mis otros invitados que presas de la emoción de mi cumpleaños habían venido a saludarme.

No sé porque me niegan el placer de danzar mi baile, no sé porque no escuchan lo que yo, no sé porque me miran con ese rostro desencajado, no sé porque sus lenguas son tan difíciles de arrancar, pero no imposible, nada es imposible con la fuerza que nos da Dios padre.

Siempre respeté a nuestro Señor, siempre me inculcaron la fe católica. Por esto agradezco cada año al creador por uno más de vida. Especialmente éste en que me había rodeado de mis seres más queridos, los cuales me festejaban entregándome su más preciado don, la vida mortal que representada en sus cuerpos desmembrados daban el color y la humedad a mi pastel de cumpleaños.  Soplemos las velas.  


miércoles, 5 de julio de 2017

EN PUNTITAS

Su pequeña figura rompía el paisaje bicolor del cielo de París. Los colores sangrientos del atardecer trastocaban su silueta oscura que saltaba de techo en techo en los tejados de la ciudad luz.

Sus largos cabellos negros flotaban en el aire con un tiempo retrasado. Se movían lentamente, más lento que el mismo aire que agitaba los transparentes tules de su ropa oscura como el ébano.

En su mente dañada y rota un violín resonaba perpetuo.  Sus notas le hablaban de sangre y hambre, de deseo y muerte.

En puntitas bailaba sobre las rojas tejas de Paris, al fondo, las formas de la Torre Eiffel y Notre Dame adornaban el horizonte sombrío.

El recuerdo de la vida la invadía en su baile sin rumbo, las remembranzas de sus actos que la habían llevado al limbo eterno de donde se escapaba cada luna roja, la hacían danzar frenética esperando, deseando, buscando.

Buscaba niños, pequeños bastardos sin padres, querubines abandonados a su suerte, infantes olvidados por la vida, perdidos, sin destino. ¿Quién más que ella para mecerlos en su seno?¿Quién más que ella para tomar su último aliento? ¿Para absorberlo inhalándolo?¿Quién más que ella para susurrar las más dulces palabras y canciones infantiles antes de cubrir con sus largos dedos sus finos cuellitos y retorcerlos hasta que, en un acto de cruel generosidad, se quebraran hasta la muerte?

Su cuerpo ya se pudría en aquella fosa sin nombre, olvidada por los hombres, despreciada por las mujeres, odiada por las madres. Pero solo aprisionaron su cuerpo, lo flagelaron, lo mutilaron, lo castigaron por la generosidad de sus actos con los huérfanos. Jueces inclementes e ignorantes de su magnificencia que la condenaron.

Pero su alma no fue atada, el príncipe de las tinieblas le soltaba el hilo rojo atado a su tobillo con cadenas ardientes cada luna sangrienta.

Era su recompensa por ser tan fiel seguidora.

De un salto bajó del tejado al adoquín de la calle que frío esperaba su pisada; a unos metros, la puerta del orfanato entreabierta iluminaba la vereda con un fino haz de luz.


domingo, 14 de mayo de 2017

HISTORIAS REALES: PARÁLISIS DE SUEÑO: NUEVA VISITA

La fresca noche de mayo me invitó a la caminata que abrió el apetito que se presentaba como un sonido rugiente en mi estómago.  Paso a paso me acercaba a sus escaparates coloridos, el supermercado me abría sus puertas para saciar mi hambre. Una fruta estaría bien, mi dieta era estricta y ya alcanzaba mi objetivo.

El aire acondicionado envolvía mis fosas nasales dándole a cada respiración una sensación punzante. No había mucha gente, casi nadie en realidad y lo atribuí a la hora en que había llegado. Los pasillos desiertos le daban un aire lúgubre al lugar a pesar de los estantes llenos de colores.

Me acerque a la escalera que llevaba a los empleados al segundo piso, cercana al lugar donde las frutas se exhibían radiantes.

Pasé por debajo de ésta olvidando el dicho de la mala suerte cuando uno pasa bajo una escalera, fijando ya mis ojos en la más hermosa manzana que jamás había visto.

Un golpe seco en la cabeza cegó mis sentidos golpeando inmediatamente mi cuerpo contra el piso frío del lugar.

Abrí los ojos tiritando, mi espalda helada contra el duro suelo y la congeladora tan cerca hacían temblar mi cuerpo desnudo solo cubierto por una mínima toalla.

No podía moverme. Mis brazos y piernas pesaban como si estuvieran echas de sacos de arena. Mi boca se movía sin pronunciar palabra y mi cabeza daba vueltas evitando que mis ojos enfoquen correctamente.

De pronto dos pares de manos me levantaron colocándome sobre el exhibidor de carne del supermercado. Con mucho esfuerzo giré el rostro horrorizándome al darme cuenta de que yo era una de las “suertudas” que eran mostradas sobre la congeladora de carne y no de las que colgaban de los techos, como cerdos en el matadero, traspasados sus hombros con ganchos que desgarraban su carne y músculos que sangraban sobre sus desnudos cuerpos manchando las pequeñas toallas blancas que goteaban el rojo líquido.

Hombres entrados en años y de aspecto grotesco se paseaban entre nosotras mirándonos, levantaban las toallas, contemplando nuestras partes más íntimas, sus miradas morbosas denotaban sus depravadas intenciones.

Intentaba con todas mis fuerzas moverme, salir de ahí, pero me era imposible por el dolor insoportable que me sucedía a cada intento de movimiento. Los hombres iban escogiendo a las mujeres, pagando por ellas a los encargados de aquel lugar asqueroso.

Las tomaban desnudándolas y violándolas ahí mismo ante los ojos horrorizados de las otras víctimas, de los empleados y los otros depravados que se regocijaban ante el espectáculo.

Uno de los viejos se acercó a mi tocándome, levantó la toalla que me cubría destapándome la parte derecha del cuerpo y pagó por mí al sucio hombre que nos cuidaba.

Me tomó tirándome al piso, desnudándome y arrodillándose entre mis piernas. Yo reuní todas mis fuerzas pero apenas lograba mover mis piernas y brazos.

“Cálmate que usaré el destornillador” – me susurro al oído logrando que su asqueroso aliento llegue hacia mí, Con terror me di cuenta que el destornillador no era tal. Era una vara gruesa y larga pintada en la en la filosa punta de rojo y negro.

“El destornillador, el destornillador, el destornillador” – gritaban los depravados alrededor mirando el espectáculo. Me agitaba mirando a los lados, mis ojos desesperados casi se salían de sus órbitas de desesperanza e impotencia.

A mi alrededor, las otras chicas eran violadas cruelmente sin oponer resistencia, sus cuerpos inertes daban la impresión de estar muertos, ni siquiera lo intentaban.

Reuní todas mis fuerzas, el dolor era insoportable pero el asco y el terror lo eran más y logré levantar mis brazos e intenté empujarlo.

De repente, el hombre arrodillado entre mis piernas rejuveneció, pero era la misma persona. El mismo asqueroso pelirrojo de ojos azules que me miraba lascivo babeando de lujuria ante mi cuerpo desnudo e indefenso. Todos los viejos de alrededor aparecían igual, jóvenes ante sus víctimas humilladas y sangrantes.

Eso era imposible ¡tenía que ser un sueño, debía serlo!

Me forcé a abrir los ojos. Ahí estaba yo en la oscuridad de mi habitación. Mis muebles, muñecos y ropa regadas en los mismos sitios. Sentía el peso del tipo sobre mí, su cuerpo me aplastaba y al mismo tiempo ya no estaba ahí. Ahora era sólo una sombra. Logré levantar mis brazos con todo mi esfuerzo y pude clavar mis uñas en su piel, la cual sentí nítidamente, mis uñas se clavaron en su piel dura. En cuanto lo toqué pude ver su forma original.

Su cuerpo era humanoide, de color blanco. Pero no como el blanco pálido de la muerte, sino como un objeto, blanco totalmente sin relieves, ni curvas, ni rectas. Sólo era blanco con negros ojos sin esclerótica, solo negras pupilas que te hundían en lo profundo de un abismo infinito cuando las veías.

Su cabello era negro y dentro del hoyo que era su boca, pude descubrir oscuridad y colmillos.

“Ayúdame” – repetía en mi mente esforzándome por hablar – “ayúdame, ayúdame” – gritaba en silencio con la boca abierta sin pronunciar sonido.

Mis músculos se contrajeron por el esfuerzo realizado, mis puños se ajustaron hundiendo mis propias uñas en mi carne y el dolor desgarró la piel de mi garganta al gritar al fin liberando un frenético alarido.

¡Ayúdame! – fue la palabra que me liberó, que lo hizo huir.

Sola nuevamente en mi cuarto, miré alrededor, todo lucía exactamente igual que hace un momento, exceptuándose solamente por aquel ente, por aquella presencia que me escogió entre todos esos trozos de carne.


Aquel al que no le soy indiferente desde mis más tiernos años. 


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sábado, 22 de abril de 2017

HOMO LUPUS: Enamorados



*Favor de leer el relato con la melodía adjunta.

Angelique se movía entre las sombras de la ciudad que fría le regalaba los vapores de su niebla. Su rojo pelaje al viento se confundía con el aura escarlata de algún demonio en fuga.

Los faroles de aceite despedían su olor acostumbrado y las damas de largos vestidos barrían, sin querer con ellos, las calles. Los carruajes, en su loco correteo, se inclinaban sobre las húmedas piedras del camino al chocar de los caballos.

Escondida en las esquinas más álgidas husmeaba recelosa. Sus grandes ojos brillaban fieros mostrando su lado más salvaje pero su mirada era fija denotando la inteligencia propia de su naturaleza humana.

Un perro callejero le aulló asustado al encontrarla sin querer, un garrazo destrozando su cuello fue lo último que sintió.  Salió de ahí avanzando entre las callejuelas oscuras y húmedas, la lluvia cual clavicordio enfurecido taladraba sus oídos y opacaba el sonido de sus movimientos.

Versalles brillaba en una de sus miles de fiestas. Sangre noble borboteaba entre vinos y champagnes que les darían un sabor alcohólico.

París era tan diferente a Gévaudan, aquel pueblito al sur del que había huido poco antes. Había logrado evadir al caza recompensas que la perseguía incansablemente y regresaba a su ciudad de origen en busca de su familia y su hogar perfecto de perfecta dama.

El enrejado del palacio le impedía la entrada, lo rodeó olfateando, mirando las posibilidades. Los guardias lo cercaban, solo esperaba un descuido de cualquiera de esos jóvenes vigilantes. Solamente necesitaba que se alejen un poco, que ingresaran a uno de los jardines en los cuales ella, amparada por la oscuridad de la noche y su madre luna, era la reina.

Al fondo, el clavicordio, esta vez uno real y no el que siempre taladraba su mente, sonaba ligero envolviendo a los invitados de los bacanales acostumbrados por el soberano inquilino de palacio.

Afuera, la lluvia se convirtió en pálida garua que la acariciaba sutilmente sin lograr entrar en su rojizo pelaje que brillaba como bañado por polvo de ángeles malignos.

Al fin era la loba roja nuevamente, al fin libre a sus instintos de carne y libertad. No apretaban su gentil cuerpo vestidos ajustados ni modales impuestos.

Angelique rugía a la vida, caminó entre los hermosos campos recién podados, el olor de la húmeda tierra la acompañaba. Llegó al lugar más oscuro de los reales jardines de Versalles y ¡ohhh! buena suerte, bendición de algún dios travieso, un hoyo libre de reja la esperaba.

Su musculoso cuerpo se estiro entrando sigilosa.

Los ventanales aullaban de luz y música, las figuras caprichosas se movían de un lado a otro. Hermoso clavicordio que cantaba a la vida, notas suntuosas de lujuria que despertaban su sangre y sus deseos.

Detrás de un arbusto esperó asechando.

Jóvenes enamorados que se alejaban del mundanal ruido para llegar al oscuro jardín, perdiéndose entre los laberintos verdes del césped que formaba muros que los escondían de las miradas lascivas. Se entregaban a sus instintos, a sus carnales intenciones, a sus manos encendidas.

Angelique se acercaba oliendo el deseo que los abrasaba. La joven, con los ojos cerrados no vio venir la sombra roja que se cernía sobre el cuerpo de su candente amante. El no profirió un grito cuando la cánida dama hundió sus colmillos en el cuello masculino destrozándolo.

No se quejó cuando su cabeza colgaba de una débil lonja de carne que la unía a su cuerpo. La muerte escarlata puso su gran pata sobre el pecho desnudo de la chica, que minutos antes henchido de deseo se dejó exponer, los ojos horrorizados de la joven y el grito atorado en la delicada garganta incitaron a la bestia.

El hocico babeante dejaba caer la vil saliva sobre la rosada boca que la bañaba como rocío de cualquier mañana primaveral.  Las uñas como cuchillas afiladas desgarraron piel y musculo, quebraron hueso y cartílago. Sacaron el corazón que aun latía enamorado.

Angelique devoró amor esa noche. Intestinos y húmedos órganos fueron su complemento.

La noche terminaba, el manto violeta del amanecer comenzaba a cernirse sobre el real palacio. Huellas rojas de grandes garras estamparon la verde alfombra de césped mientras se alejaba.

Una vez más a su hogar, una vez más a su perpetua celda de oro forrada.

Nuevamente el mausoleo familiar la acogió en su infinita locura y dolor físico. La transformación revertió su maldición. Musculoso cuerpo en grácil figura,  horroroso hocico en angelical rostro. Pelaje escarlata en rojizo cabello sedoso pegoteado aun por la sangre que se secaba formando un casco de vergüenza.

De pie, la dama recogió su ropaje escondido entre los muertos. Vistiose tímidamente.

El frío aire matutino la hizo respirar en un suspiro triste. Limpio su boca ensangrentada aun, ya sin hambre. El cercano río lavó sus cabellos más rojos aun por el vital líquido.

Salió del cementerio, enrumbó hacia su hogar donde debía llegar antes de que el astro rey toque los ojos de los que ahí vivían.


Detrás de ella un par de ojos la miraban, nuevamente la había encontrado. Esta vez no se salvaría. La muerte estaba escrita para el bello monstruo. Esta vez, ni su belleza solo comparada con el amor mismo, ni sus ruegos saliendo por aquella boca roja como el más jugoso fruto, ni la cabellera que enmarcaba la más bella obra de arte la librarían de sus balas de plata.


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