miércoles, 18 de octubre de 2017

GÓTICOS



Copas iban y venían en aquella calle del centro de Lima. Mis amigos y yo en un alegre grupo caminábamos mientras nos empujábamos unos a otros haciendo salpicar la cerveza de los vasos de plástico. Las risas estruendosas y las palabras ininteligibles rodeaban nuestra tropa mientras con las miradas desordenadas tratábamos de encontrar un lugar a donde entrar para seguir nuestra fiesta.

El titilar de las luces de alumbrado le daban a esa calle una atmósfera sombría. Una puerta entreabierta de donde salía música muy alta nos llamó la atención y nos dirigimos teniendo ya un destino.

El oscuro lugar nos recibió entre sus penumbras ruidosas, nos adentramos a sus entrañas mirándonos y hablando entre nosotros sin hacer mucho caso del sitio donde entrábamos hasta chocar con un grupo de personas que igualmente disfrutaban de esa noche de sábado.

Buscamos un lugar con la mirada, un lugar que albergara a este pequeño grupo de juerga.

Las paredes pintadas de rojo sangraban bajo ese techo negro y el piso que asemejaba un tablero de ajedrez. El bar completamente negro solo resaltaba por el brillo de las botellas y copas que reposaban en sus estantes.

Giramos nuestras cabezas sintiendo las miradas encima. Nuestros atuendos coloridos llamaban la atención de toda esa gente vestida de penumbra, cuervos de dos patas totalmente de ébano. Nos acomodamos en una esquina del lugar dándonos cuenta del original lugar que nos albergaba.

Gritos profundos que acompañaban la música que, altísimo, nos ensordecía, bailes entre ellos mismos, contra las paredes o personas que danzaban en solitario movimiento.

Me preguntaba dónde estaba la música normal en esa discoteca, porque no escuchaba a mi querida Beyonce, Miley Cyrus o hasta Maluma con sus antitalentosas pero pegajosas canciones.

Nos acercamos al bar a pedir un par de cervezas sintiendo la cercanía de los que ahí se encontraban, un circulo que se cerraba sobre nosotros y del cual huimos antes de que nos encerrara.

Volvimos a nuestro grupo y regresaron las risas y las conversaciones absurdas, olvidadas estaban los comportamientos extraños.  Nuestros jeans y camisetas de colores y diseñador brillaban rompiendo la negrura del lugar.

Las sombras de la oscuridad del sitio parecían cerrarse sobre nosotros cada vez más espesas, tanto así que parecían tocarnos. Volteé al sentir el aliento de alguien en mi oreja. Un grupo de individuos entre hombres y mujeres nos rodeaban, uno detrás de cada uno de nosotros.  La música sonaba más alto, nuestros movimientos bruscos empujándolos y nuestras palabras soeces amenazándolos no surtieron efecto.

Nos agarraron de los hombros, brazos y piernas. Nuestros gritos se perdían entre los suyos que repetían sin parar la misma estrofa mientras de sus labios goteaba en delgado hilo una saliva roja.

¡Ave Satanás! ¡Ave Satanás! – gritaban en nuestros oídos mientras nos arrastraban al fondo del lugar.

Caímos empujados al centro de un circulo pintado en el negro piso.  Alrededor todos estos extraños seres de cuero y encajes negros nos miraban hipnotizados moviéndose al compás de su estridente música.

El aparente jefe de la banda se dirigió hacia un gran cofre, que abrió ante los gritos eufóricos de sus seguidores. Seguro ahí guardaban los cuchillos y armas punzantes con los que nos harían pedazos en algún rito sangriento.

Nuestras miradas se cruzaron conociéndonos ya de años. Sabíamos lo que teníamos que hacer. Metí la mano en el bolsillo de mi jean celeste y sacándola con un giro brusco de muñeca, le abrí el cuello al tipo más cercano a mí saltando sobre el cofre cerrándolo nuevamente. Mi recién estrenada camiseta de cuello impecable manchose de su sangre. Las camisas claras de mis amigos salpicadas del líquido elemento rojo parecían contagiadas de viruela mientras mi amiga de faldita rosa cerraba la puerta del pequeño aposento no dejando salir a nadie aumentando los gritos de desesperación y los gruñidos de pelea.

La ropa negra de los individuos al fin cumplía su fin de demostrar el luto de sus cuerpos al ir escapándoseles las vida. Nosotros, campeones todos de artes marciales desde la primaria, saltábamos sobre los cuerpos vivos cortando, hincando, masacrando, nuestras filosas navajas se hundían en las carnes, la oscura tela absorbía la sangre de los convidados a aquella ceremonia en la cual pretendían ¡Ja! hacer escarnio de nosotros.

Los cuerpos fueron cayendo uno a uno formando una alfombra azabache la cual pisábamos sin discriminar piernas, brazos y cabezas. Pequeñas heridas en arterias imposibles de cerrar nos brindaban incalculables mini torrentes inacabables que bañaron el oscuro suelo igualándolo al rojo de las paredes.

Levantamos los brazos en signo de victoria, cuando el ultimo cuerpo dejo de moverse, lanzamos el grito de guerra de nuestros entrenamientos ¡Sin piedad! Mientras nuestras caras se sacudían enrojecidas por la sangre de los cuervos.


Antes de salir del lugar como soldados marchando uno detrás de otro, abrimos el cofre de las armas, tal vez hubiera algo que nos sirviera. Pero ¡Oh my God! Estaba lleno de camisetas y vestimenta negra lista para ser usada. Estallamos en carcajadas por la pequeña equivocación y salimos del lugar apagando aquella música estridente de una patada, reemplazándola por una civilizada y nos alejamos entre risas mientras las notas de “Despacito” iban desapareciendo.



viernes, 13 de octubre de 2017

LENGUA DE GATO

La hermosa pelirroja regreso del bar una vez más con un cliente deseoso.  El pequeño cuarto preparado para estos menesteres los esperaba con su cama de sabanas desordenadas.

Comenzó su trabajo, el recuerdo de los niños hambrientos la hacía aguantar el asco y las arcadas que le producía ese repugnante hombre que se movía sobre ella con sus carnes gelatinosas, rozando las suyas tersas y aun firmes.

Alrededor, el ambiente caliente le daba a cada inspiración el mismo efecto que una ráfaga de vapor hirviendo quemando su tráquea. El sudor del tipo caía sobre sus ojos cegándola por momentos. Las manos de su momentáneo acompañante la escudriñaban torpe y degeneradamente.

Su pequeña mano ya se deslizaba bajo la cama, ya sentía entre sus dedos el mango liberador del martillo que siempre estaba ahí, como amigo inseparable para ayudarla en el momento preciso.

¡Como deseaba ya sentir los sesos del malnacido entre sus dedos, ver sus ojos desorbitados apagándose mientras la plateada y brillante trituradora de carne lo molía lentamente!

¡Cómo se relamerían los niños!

El primer golpe llegó con ese sonido envolvente, ese sonido que la llevaba al placer más sublime. Aquella resonancia de hueso quebrado, de carne reventada, de arteria fracturada al que siguieron más golpes con sus respectivos ecos.

Ya se había levantado de la cama empujando el obeso cuerpo tembloroso a un lado. Acomodó su corto vestido, el cual, el depravado, ni siquiera había aguantado a sacar totalmente antes de arrojarla sobre la cama.  Lo planchó con sus manos tanto como pudo.

El sonido de los quejidos del hombre la relajaban.

Dispuesta estaba a jalarlo por el piso hasta la trituradora mientras veía la sangre brotar por su cabeza y su rosado cerebro asomarse.  El primer jalón fue interrumpido por el llanto de los niños que, hambrientos, no habían aguantado a su llamado.

Se acercaban a la cama con sus piecitos pomposos y suaves sin hacer un ruido. Ella no intento detenerlos, después de todo, era su culpa, no había apurado los hechos, sus platitos vacíos reclamaban su contenido.

Subieron a la cama como pudieron, sus uñitas se asieron a las sucias sabanas y al viejo colchón, comenzaron a trepar sobre el hombre que torpemente se movía.

Lamieron, lamieron la sangre de su rostro limpiándolo totalmente. Sus caritas manchadas de roja sangre los hacían lucir tiernamente depredadores. Sus lengüitas rasposas levantaban sangre, coágulos, pequeñas porciones de carne desprendida y gotitas de cerebro desperdigadas por la ropa del porcino hombre.
Comenzaron a maullar de hambre, los niños lloraban sin parar, ya habían terminado con la sangre derramada.

¡No lo podía soportar ¡No! ¡No sus niños! ¡No volverían a pasar hambre! Y menos teniendo semejante animal para alimentarse.

“No se preocupen mis amores” – se dirigió a los cachorros con adoración – “espérenme un momentito mis bebés,  no lloren, tendrán más, hasta que ya no se mueva” – susurro mientras se alejaba moviendo sus redondas caderas que una vez más se zarandeaban bajo la verde seda del vestido ajustado.

Regresó junto al hombre y los mininos que adorándola la esperaban, les mostró sus manos cubiertas por unos guantes con lija de metal, rematados en delgadas cuchillas que ella misma había confeccionado y que asemejaban la textura de la lengua y las uñas de los pequeños.

“Todo lo que hace una madre por ustedes”- suspiró hablando, mirándolos cariñosa.

Sus manos acariciaban la cara del hombre cada vez con más presión, apretándola, dándole la sensación de mil agujas penetrando su grueso pellejo al mismo tiempo,  propiciando la aparición de incontables gotas carmesí – “Laman, vamos laman con fuerza” – animaba a los gatitos a alimentarse – “saquemos la carne hasta el hueso” – los alentaba eufórica, lamentándose por dentro de no poder poner la lija en su propia lengua.

Se sentó en el pecho del hombre, que aún vivo se trataba de defender inútilmente con movimientos torpes. Su peso lo inmovilizaba, sus manos se deslizaban sobando los gordos cachetes, las diminutas puntas de las lijas se prendían de cada poro, desprendiéndolo, jalándolo, despegando delgadísimos jirones ensangrentados, arrancándolos del rostro entre gritos y gemidos. Las lengüitas la acompañaban en su trabajo lamiendo con fuerza, sorbiendo la sangre. Bigotes manchados, hociquitos impregnados. Ojitos brillantes, grandes pupilas dilatadas de placer.

Metió un par de dedos en la boca del hombre cuyo rostro asemejaba a una máscara de carne molida, los abrió dentro de ella cortando comisuras con las filosas puntas; una grandísima sonrisa apareció en la otrora cara casi llegando hasta las orejas.

La pelirroja rió, rió como no lo había hecho en mucho tiempo, los maullidos la acompañaban como riendo también ante el trabajo familiar. Apoyó las dos manos sobre los ojos, sobo y sobo hasta que los parpados desaparecieron en lenta agonía, hasta que quedaron pegados en los guantes y solo los unían a el hilos de sangre y delgadas tripas de piel. Sobó y sobó hasta que los guantes rasparon los pómulos desnudos, pelados ya de carne y grasa, amarillentos huesos que entre mutilada carne se asomaban.

Los aullidos del hombre eran cada vez más débiles, su cara ya no existía, los gatitos sobre su rostro casi no dejaban verla, sus lengüitas no se detenían al igual que las manos de su madre. Gatitos blancos, negros, amarillos, grises y tricolores ahora todos unidos en monocromo escarlata, ensayaban sus colmillos arrancando tiras de piel colgada, pequeños tigrecitos salvajes.

El último grito se oyó al meter una larga uña metálica por el hoyo que había hecho el martillo en el cráneo, jaló los sesos hacia afuera que salieron  como una larga tira de salchichas rosadas y babosas que cayeron sobre la cama para deleite de los cachorros.


“Que desorden, que suciedad” – frunció el ceño la pelirroja mirando con ojos sonrientes a sus mininos que se relamían las patitas tratando de limpiarse. Arrojó los guantes al piso, en el cual se sentó lamiéndose el dorso de la mano y pasándolo por su frente limpiando poco a poco la sangre y coágulos que se habían pegado en su piel y en su cabello de cobre. 


*Para más historias de la pelirroja por favor click aqui.

viernes, 8 de septiembre de 2017

¡FELIZ CUMPLEAÑOS A MI!


*Favor de leer el presente relato con la melodía adjunta.

Los brillantes colores de mi tiara de princesa reflejaban, en este día de setiembre, los rayos que el sol hacía lucir como partículas de oro en un haz de luz que penetraba por la ventana del castillo de ventanas góticas terminadas en punta como la más filosa espada.

Mi vaporoso vestido bailaba conmigo en una danza etérea acompasada con la música de violines que sólo yo escuchaba. Mis padres mil veces me habían tratado de convencer de que esas melodías no existían pero mis dedos reventándoles los ojos con la presión de solo mi fuerza, los habían persuadido de su existencia.

Sus cabezas me acompañaban ahora como pequeños candelabros para una sola vela y custodiaban a las de mis otros invitados que presas de la emoción de mi cumpleaños habían venido a saludarme.

No sé porque me niegan el placer de danzar mi baile, no sé porque no escuchan lo que yo, no sé porque me miran con ese rostro desencajado, no sé porque sus lenguas son tan difíciles de arrancar, pero no imposible, nada es imposible con la fuerza que nos da Dios padre.

Siempre respeté a nuestro Señor, siempre me inculcaron la fe católica. Por esto agradezco cada año al creador por uno más de vida. Especialmente éste en que me había rodeado de mis seres más queridos, los cuales me festejaban entregándome su más preciado don, la vida mortal que representada en sus cuerpos desmembrados daban el color y la humedad a mi pastel de cumpleaños.  Soplemos las velas.  


miércoles, 5 de julio de 2017

EN PUNTITAS

Su pequeña figura rompía el paisaje bicolor del cielo de París. Los colores sangrientos del atardecer trastocaban su silueta oscura que saltaba de techo en techo en los tejados de la ciudad luz.

Sus largos cabellos negros flotaban en el aire con un tiempo retrasado. Se movían lentamente, más lento que el mismo aire que agitaba los transparentes tules de su ropa oscura como el ébano.

En su mente dañada y rota un violín resonaba perpetuo.  Sus notas le hablaban de sangre y hambre, de deseo y muerte.

En puntitas bailaba sobre las rojas tejas de Paris, al fondo, las formas de la Torre Eiffel y Notre Dame adornaban el horizonte sombrío.

El recuerdo de la vida la invadía en su baile sin rumbo, las remembranzas de sus actos que la habían llevado al limbo eterno de donde se escapaba cada luna roja, la hacían danzar frenética esperando, deseando, buscando.

Buscaba niños, pequeños bastardos sin padres, querubines abandonados a su suerte, infantes olvidados por la vida, perdidos, sin destino. ¿Quién más que ella para mecerlos en su seno?¿Quién más que ella para tomar su último aliento? ¿Para absorberlo inhalándolo?¿Quién más que ella para susurrar las más dulces palabras y canciones infantiles antes de cubrir con sus largos dedos sus finos cuellitos y retorcerlos hasta que, en un acto de cruel generosidad, se quebraran hasta la muerte?

Su cuerpo ya se pudría en aquella fosa sin nombre, olvidada por los hombres, despreciada por las mujeres, odiada por las madres. Pero solo aprisionaron su cuerpo, lo flagelaron, lo mutilaron, lo castigaron por la generosidad de sus actos con los huérfanos. Jueces inclementes e ignorantes de su magnificencia que la condenaron.

Pero su alma no fue atada, el príncipe de las tinieblas le soltaba el hilo rojo atado a su tobillo con cadenas ardientes cada luna sangrienta.

Era su recompensa por ser tan fiel seguidora.

De un salto bajó del tejado al adoquín de la calle que frío esperaba su pisada; a unos metros, la puerta del orfanato entreabierta iluminaba la vereda con un fino haz de luz.


domingo, 14 de mayo de 2017

HISTORIAS REALES: PARÁLISIS DE SUEÑO: NUEVA VISITA

La fresca noche de mayo me invitó a la caminata que abrió el apetito que se presentaba como un sonido rugiente en mi estómago.  Paso a paso me acercaba a sus escaparates coloridos, el supermercado me abría sus puertas para saciar mi hambre. Una fruta estaría bien, mi dieta era estricta y ya alcanzaba mi objetivo.

El aire acondicionado envolvía mis fosas nasales dándole a cada respiración una sensación punzante. No había mucha gente, casi nadie en realidad y lo atribuí a la hora en que había llegado. Los pasillos desiertos le daban un aire lúgubre al lugar a pesar de los estantes llenos de colores.

Me acerque a la escalera que llevaba a los empleados al segundo piso, cercana al lugar donde las frutas se exhibían radiantes.

Pasé por debajo de ésta olvidando el dicho de la mala suerte cuando uno pasa bajo una escalera, fijando ya mis ojos en la más hermosa manzana que jamás había visto.

Un golpe seco en la cabeza cegó mis sentidos golpeando inmediatamente mi cuerpo contra el piso frío del lugar.

Abrí los ojos tiritando, mi espalda helada contra el duro suelo y la congeladora tan cerca hacían temblar mi cuerpo desnudo solo cubierto por una mínima toalla.

No podía moverme. Mis brazos y piernas pesaban como si estuvieran echas de sacos de arena. Mi boca se movía sin pronunciar palabra y mi cabeza daba vueltas evitando que mis ojos enfoquen correctamente.

De pronto dos pares de manos me levantaron colocándome sobre el exhibidor de carne del supermercado. Con mucho esfuerzo giré el rostro horrorizándome al darme cuenta de que yo era una de las “suertudas” que eran mostradas sobre la congeladora de carne y no de las que colgaban de los techos, como cerdos en el matadero, traspasados sus hombros con ganchos que desgarraban su carne y músculos que sangraban sobre sus desnudos cuerpos manchando las pequeñas toallas blancas que goteaban el rojo líquido.

Hombres entrados en años y de aspecto grotesco se paseaban entre nosotras mirándonos, levantaban las toallas, contemplando nuestras partes más íntimas, sus miradas morbosas denotaban sus depravadas intenciones.

Intentaba con todas mis fuerzas moverme, salir de ahí, pero me era imposible por el dolor insoportable que me sucedía a cada intento de movimiento. Los hombres iban escogiendo a las mujeres, pagando por ellas a los encargados de aquel lugar asqueroso.

Las tomaban desnudándolas y violándolas ahí mismo ante los ojos horrorizados de las otras víctimas, de los empleados y los otros depravados que se regocijaban ante el espectáculo.

Uno de los viejos se acercó a mi tocándome, levantó la toalla que me cubría destapándome la parte derecha del cuerpo y pagó por mí al sucio hombre que nos cuidaba.

Me tomó tirándome al piso, desnudándome y arrodillándose entre mis piernas. Yo reuní todas mis fuerzas pero apenas lograba mover mis piernas y brazos.

“Cálmate que usaré el destornillador” – me susurro al oído logrando que su asqueroso aliento llegue hacia mí, Con terror me di cuenta que el destornillador no era tal. Era una vara gruesa y larga pintada en la en la filosa punta de rojo y negro.

“El destornillador, el destornillador, el destornillador” – gritaban los depravados alrededor mirando el espectáculo. Me agitaba mirando a los lados, mis ojos desesperados casi se salían de sus órbitas de desesperanza e impotencia.

A mi alrededor, las otras chicas eran violadas cruelmente sin oponer resistencia, sus cuerpos inertes daban la impresión de estar muertos, ni siquiera lo intentaban.

Reuní todas mis fuerzas, el dolor era insoportable pero el asco y el terror lo eran más y logré levantar mis brazos e intenté empujarlo.

De repente, el hombre arrodillado entre mis piernas rejuveneció, pero era la misma persona. El mismo asqueroso pelirrojo de ojos azules que me miraba lascivo babeando de lujuria ante mi cuerpo desnudo e indefenso. Todos los viejos de alrededor aparecían igual, jóvenes ante sus víctimas humilladas y sangrantes.

Eso era imposible ¡tenía que ser un sueño, debía serlo!

Me forcé a abrir los ojos. Ahí estaba yo en la oscuridad de mi habitación. Mis muebles, muñecos y ropa regadas en los mismos sitios. Sentía el peso del tipo sobre mí, su cuerpo me aplastaba y al mismo tiempo ya no estaba ahí. Ahora era sólo una sombra. Logré levantar mis brazos con todo mi esfuerzo y pude clavar mis uñas en su piel, la cual sentí nítidamente, mis uñas se clavaron en su piel dura. En cuanto lo toqué pude ver su forma original.

Su cuerpo era humanoide, de color blanco. Pero no como el blanco pálido de la muerte, sino como un objeto, blanco totalmente sin relieves, ni curvas, ni rectas. Sólo era blanco con negros ojos sin esclerótica, solo negras pupilas que te hundían en lo profundo de un abismo infinito cuando las veías.

Su cabello era negro y dentro del hoyo que era su boca, pude descubrir oscuridad y colmillos.

“Ayúdame” – repetía en mi mente esforzándome por hablar – “ayúdame, ayúdame” – gritaba en silencio con la boca abierta sin pronunciar sonido.

Mis músculos se contrajeron por el esfuerzo realizado, mis puños se ajustaron hundiendo mis propias uñas en mi carne y el dolor desgarró la piel de mi garganta al gritar al fin liberando un frenético alarido.

¡Ayúdame! – fue la palabra que me liberó, que lo hizo huir.

Sola nuevamente en mi cuarto, miré alrededor, todo lucía exactamente igual que hace un momento, exceptuándose solamente por aquel ente, por aquella presencia que me escogió entre todos esos trozos de carne.


Aquel al que no le soy indiferente desde mis más tiernos años. 


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sábado, 22 de abril de 2017

HOMO LUPUS: Enamorados



*Favor de leer el relato con la melodía adjunta.

Angelique se movía entre las sombras de la ciudad que fría le regalaba los vapores de su niebla. Su rojo pelaje al viento se confundía con el aura escarlata de algún demonio en fuga.

Los faroles de aceite despedían su olor acostumbrado y las damas de largos vestidos barrían, sin querer con ellos, las calles. Los carruajes, en su loco correteo, se inclinaban sobre las húmedas piedras del camino al chocar de los caballos.

Escondida en las esquinas más álgidas husmeaba recelosa. Sus grandes ojos brillaban fieros mostrando su lado más salvaje pero su mirada era fija denotando la inteligencia propia de su naturaleza humana.

Un perro callejero le aulló asustado al encontrarla sin querer, un garrazo destrozando su cuello fue lo último que sintió.  Salió de ahí avanzando entre las callejuelas oscuras y húmedas, la lluvia cual clavicordio enfurecido taladraba sus oídos y opacaba el sonido de sus movimientos.

Versalles brillaba en una de sus miles de fiestas. Sangre noble borboteaba entre vinos y champagnes que les darían un sabor alcohólico.

París era tan diferente a Gévaudan, aquel pueblito al sur del que había huido poco antes. Había logrado evadir al caza recompensas que la perseguía incansablemente y regresaba a su ciudad de origen en busca de su familia y su hogar perfecto de perfecta dama.

El enrejado del palacio le impedía la entrada, lo rodeó olfateando, mirando las posibilidades. Los guardias lo cercaban, solo esperaba un descuido de cualquiera de esos jóvenes vigilantes. Solamente necesitaba que se alejen un poco, que ingresaran a uno de los jardines en los cuales ella, amparada por la oscuridad de la noche y su madre luna, era la reina.

Al fondo, el clavicordio, esta vez uno real y no el que siempre taladraba su mente, sonaba ligero envolviendo a los invitados de los bacanales acostumbrados por el soberano inquilino de palacio.

Afuera, la lluvia se convirtió en pálida garua que la acariciaba sutilmente sin lograr entrar en su rojizo pelaje que brillaba como bañado por polvo de ángeles malignos.

Al fin era la loba roja nuevamente, al fin libre a sus instintos de carne y libertad. No apretaban su gentil cuerpo vestidos ajustados ni modales impuestos.

Angelique rugía a la vida, caminó entre los hermosos campos recién podados, el olor de la húmeda tierra la acompañaba. Llegó al lugar más oscuro de los reales jardines de Versalles y ¡ohhh! buena suerte, bendición de algún dios travieso, un hoyo libre de reja la esperaba.

Su musculoso cuerpo se estiro entrando sigilosa.

Los ventanales aullaban de luz y música, las figuras caprichosas se movían de un lado a otro. Hermoso clavicordio que cantaba a la vida, notas suntuosas de lujuria que despertaban su sangre y sus deseos.

Detrás de un arbusto esperó asechando.

Jóvenes enamorados que se alejaban del mundanal ruido para llegar al oscuro jardín, perdiéndose entre los laberintos verdes del césped que formaba muros que los escondían de las miradas lascivas. Se entregaban a sus instintos, a sus carnales intenciones, a sus manos encendidas.

Angelique se acercaba oliendo el deseo que los abrasaba. La joven, con los ojos cerrados no vio venir la sombra roja que se cernía sobre el cuerpo de su candente amante. El no profirió un grito cuando la cánida dama hundió sus colmillos en el cuello masculino destrozándolo.

No se quejó cuando su cabeza colgaba de una débil lonja de carne que la unía a su cuerpo. La muerte escarlata puso su gran pata sobre el pecho desnudo de la chica, que minutos antes henchido de deseo se dejó exponer, los ojos horrorizados de la joven y el grito atorado en la delicada garganta incitaron a la bestia.

El hocico babeante dejaba caer la vil saliva sobre la rosada boca que la bañaba como rocío de cualquier mañana primaveral.  Las uñas como cuchillas afiladas desgarraron piel y musculo, quebraron hueso y cartílago. Sacaron el corazón que aun latía enamorado.

Angelique devoró amor esa noche. Intestinos y húmedos órganos fueron su complemento.

La noche terminaba, el manto violeta del amanecer comenzaba a cernirse sobre el real palacio. Huellas rojas de grandes garras estamparon la verde alfombra de césped mientras se alejaba.

Una vez más a su hogar, una vez más a su perpetua celda de oro forrada.

Nuevamente el mausoleo familiar la acogió en su infinita locura y dolor físico. La transformación revertió su maldición. Musculoso cuerpo en grácil figura,  horroroso hocico en angelical rostro. Pelaje escarlata en rojizo cabello sedoso pegoteado aun por la sangre que se secaba formando un casco de vergüenza.

De pie, la dama recogió su ropaje escondido entre los muertos. Vistiose tímidamente.

El frío aire matutino la hizo respirar en un suspiro triste. Limpio su boca ensangrentada aun, ya sin hambre. El cercano río lavó sus cabellos más rojos aun por el vital líquido.

Salió del cementerio, enrumbó hacia su hogar donde debía llegar antes de que el astro rey toque los ojos de los que ahí vivían.


Detrás de ella un par de ojos la miraban, nuevamente la había encontrado. Esta vez no se salvaría. La muerte estaba escrita para el bello monstruo. Esta vez, ni su belleza solo comparada con el amor mismo, ni sus ruegos saliendo por aquella boca roja como el más jugoso fruto, ni la cabellera que enmarcaba la más bella obra de arte la librarían de sus balas de plata.


*Si deseas saber como fue la transformación de Angelique, click aqui

jueves, 20 de abril de 2017

ORGASMO

Mis ojos abiertos solo veían tu cuerpo sobre el mío, el vaho que tu piel expelía me envolvía en el torrente de deseo más sublime y salvaje. Nunca en mi vida tuve un hombre que me hiciera temblar la tierra, que me pierda en el placer y que me haga olvidar la existencia mientras me tenía entre sus brazos.

Tus largas caricias me embriagaban haciéndome abrir la boca en gemidos ahogados y algunos escandalosos. Tus manos manejaban mi cuerpo como si éste fuera una muñeca de trapo que encontraste en cualquier lugar.

Cada pose, cada sucia palabra,  cada mordida y arañazo sorpresivo me llevaban a un nuevo nivel del placer más febril.

Había encontrado al fin lo que tanto había esperado, lo que tanto había pedido, lo que solo vi en películas y que supuse, no existía o yo no conocía.

¿Cómo era posible que alrededor mío la gente hablara de sexo lujurioso, de actos en los que no escuchaban, no oían, no olían ni saboreaban otra cosa que no sea el cuerpo de su amante de turno?

¿Por qué yo solo veía el techo o el colchón y pensaba en qué tenía que comprar para la comida de la semana mientras era poseída por un cuerpo caliente pero no vibrante?

Yo era tan simple, tan sencilla en mi forma de ser, de vestir, de vivir.

Mi vestido azul había sido roto por ti, embestido por tus grandes manos que echaron mi pequeña canasta de costura sobre la cama tirando los carretes de hilo multicolores, centímetros y tijeras sobre ella.

Encima, mi cuerpo ya semidesnudo bajo el tuyo se envolvía en mil hilos que lo apretaban cada vez más llegando a cortar la piel en algunos lugares en los que hacías presión olvidado en tu propio placer. Mi piel no se quejaba, al contrario, disfrutaba de aquel placentero dolor que se dibujaba como mapa cartográfico del propio Eros en mi piel desnuda.

El éxtasis llegó al mismo tiempo, en alaridos bestiales, en movimientos salvajes, en sudores compartidos y respiraciones entre cortadas.

El primer orgasmo estaba a mis puertas, entre las dos delicadas medias lunas que cubrían la entrada a mi entraña eterna.

Gemiste como animal en celo, como salvaje ser en el acto más básico y carnal mientras llenabas mi interior con tu simiente.

Mis manos asieron las tijeras que con un corte certero te abrieron el cuello como la boca más provocadora a un beso. Fui bautizada por tu liquido tibio que caía a chorros cual río de añejo vino sobre mi blanco cuerpo. Tus ojos desorbitados y tu boca abierta en un grito silencioso me hicieron entrecerrar los míos en un orgasmo aparte.

La tibieza de tu sangre recorría cada centímetro de mi piel, cada pliegue , cada hoyuelo y convexidad. Mi boca se llenó de ella cayendo como delicada pileta por la comisura de mis labios.

Flotaba en un mar rojo sobre blanca sábana donde me hundía en lúbrica pasión. Las pequeñas olas que se formaban en cada movimiento de tus fúnebres espasmos me tocaban como pequeños dedos infringiéndome crueles cosquillas.

La blanca palidez reinaba en tu rostro vacuo de vida, tu postrero gemido fue comido por mi boca abierta que atrapó tu aliento final. Mis muslos aferraron tu miembro en su última embestida.

El peso de tu cuerpo sobre el mío como minutos antes había sentido; cobraba, esta vez, nuevo significado. Más pesado, más entregado, más mío. 

Totalmente mío, me cubría para nunca más sentir.