martes, 21 de febrero de 2017

ABNEGACION

La luz tenue del bar titilaba sobre su cabello rojo. EL sonido de las copas, botellas y conversaciones incoherentes se escuchaban como un sueño torpe.

Cruzó sus piernas acomodándose en el alto banquito del bar. Su falda se levantó hasta que casi se pudo ver la unión del muslo al nacimiento de las redondas nalgas.

Tomó la copa del verde licor llevándosela a sus labios, una gota cayó en el nacimiento de sus senos corriendo hacia el camino que se formaba entre ellos. La miró fastidiada, siempre le pasaba, era el castigo por tener esos grandes pechos. Con un dedo la recogió y se la llevó a la boca sacando la suave lengua para saborearla.

No era consciente del espectáculo que era para quien la mirara. O tal vez sí.
Debía llegar con comida para los niños, dependían de ella y no había sacrificio imposible para conseguirla.

Se dispuso a buscar algún incauto ya envalentonada por el alcohol y aquellos cigarros que daban tanta risa. Caminó por aquel lugar lleno de mesas marchitas. Su vestido de seda verde se pegaba a su cuerpo que se contoneaba a cada paso. Su cabello rozaba su cintura como los dedos de un amante lascivo.

Delante de ella, unos ojos ladinos la admiraban. No dudó en acercarse , se sentó a su lado y puso un cigarrillo en sus labios pintados del más profundo rojo. Esperó.

Su invitación fue aceptada encendiendo el pitillo y una bocanada de humo salió de su boca entreabierta cubriendo por un momento su rostro de sílfide.

Las copas fueron y vinieron sin que se dieran cuenta de los vuelos que el minutero daba alrededor de ellos

Ella, acostumbrada cada noche a beber para olvidar el cómo y solo recordar el porqué de lo que hacía, aguantaba los toqueteos perversos, los besos babosos, las palabras ofensivas de aquellos hombres que atraídos por su belleza y su distraída moral se acercaban a satisfacer sus deseos más bajos.

Ya entrada la madrugada se dispusieron a salir a dar rienda suelta a la negociación carnal. El quiso entrar a un motelito de mala muerte, esos en los que el baño es compartido por mil almas tal vez más perdidas que la de ella misma.

Ella no lo dejó, tenía un lugar propio donde, hasta lo que era posible, se sentía más cómoda desarrollando su labor.

Al fin llegaron, los niños dormían, todo era por ellos, porque aquellas bocas comieran y no lloraran de hambre como ya lo habían vivido anteriormente. Ella no soportaba la idea de verlos nuevamente en la calle muertos de frío y ansías de llevarse algo a la boca.

Entraron por la cocina al pequeño cuarto acondicionado para estos menesteres. Una desvencijada  cama de vieja madera los aguardaba.

El entró dejándose caer pesadamente sobre el colchón que apenas lo sostuvo, jaló la pequeña mano de ella haciendo que cayera torpemente sobre su rechoncho cuerpo. Sus manos sedientas de sexo la tocaron lascivas por cada parte que encontraron. Ella asqueada imitaba aquellos gemidos que lo llevarían al éxtasis y por ende, a perder la conciencia de la realidad.

Sólo era cuestión de aguardar. De esperar y aguantar un poco, un poquito más,  sus besos inmundos, su lengua repulsiva, sus manos obscenas hurgando cada deseada parte de ella.

 La enajenación llegaba al fin, la agitación del porcino hombre sobre su cuerpo lo delataba, sus jadeos animales y la saliva que caía de su boca hacia su rostro, la cual esquivaba como podía, la llenaban de la furia que necesitaba.

Empujada al extremo de la cama por las embestidas furiosas del degenerado, metió la mano bajo ésta y sus dedos tocaron su mango, la madera suave abrazada por su mano, madera salvadora y liberadora.  La empuñó con toda la fuerza contenida en su aun joven cuerpo y almacenada en años de impotencia y asco.

EL martillo de fuerte fierro le reventó la cabeza abriéndola en dos, los sesos salían deslizándose por lo que fue la frente y caían sobre los ojos llenando la cuenca vacía de uno de ellos que rebotaba en su rostro por el impacto.

No había muerto, ella cuidaba mucho que no murieran, solo deseaba que estuvieran a su merced sin poder defenderse y gozar de ver esa agonía, ese medio camino entre la vida y la muerte que se iba colando por cada seso y hueso caído entre pequeños ríos de sangre espesa y roja que se mezclaban con saliva y el humor acuoso del ojo reventado.

Disfrutaba de aquel vaivén del cuerpo vacilante y sangrante, atrapado en la decisión de morir de una vez.  El ojo colgando le daba un aire ridículo, a adorno navideño colgado de la rama del pérfido arbolito.  El tipo cayó de rodillas mientras los sesos caían entre sus dedos regordetes. La miraba con el único ojo, que perdido, ya no enfocaba la vida. Levantó una mano tocándose la cabeza abierta, sus dedos entraron hasta el cerebro palpitante, un sonido animal salió de su chueca boca, ahora deforme, un quejido escalofriante que helaría la sangre al ser más vil.

Se acercó a él blandiendo el martillo, lo levantó reflejando en su mirada su sádico placer, el infeliz trato de cubrir su rostro a lo inevitable. El martillo cayó una y otra vez, se hundió en el otro ojo, cegándolo, la sangre caliente salpicaba al piso y muros creando obras de arte entrañables, nunca antes mejor dicho.

El hombre babeaba ya desfalleciente, su cuerpo temblaba en espasmos que sacudían sus miembros inertes. Lo tomó de uno de los brazos y con gran esfuerzo lo arrastró hacia la cocina. Pues más era la excitación y el deber que su propia debilidad. Movía la cabeza tratando de mirar a través de las cuencas sangrantes.

Ahí estaba brillante, siempre limpia, siempre reflejando como ella iba acercándose con la carne del día.

Herencia de su madre que le había dado el mismo uso.

Como pudo sentó al hombre en la silla más cercana a la pequeña mesita, jaló el mismo brazo y con cuidado de cirujano metió los gordos dedos en la boca de la antigua moledora de carne que afilada esperaba su alimento.

Daba vueltas a la manija que movía las cuchillas, que cortaban y molían la carne que se les ofrecía. Estimulada por los quejidos sordos del hombre, que le demostraban que aun sentía un ápice de dolor,  hacia esfuerzos por darle vueltas a la manija para lograr moler musculo y cartílago.

Por el otro extremo, pequeños gusanos rojos y jugosos salían en un pequeño y primoroso plato decorado con pequeños gatitos rosa. Lo iban llenando hasta que se rebalsaba sobre la mesa. Había que sacar las uñas que habían quedado enteras. Los dedos fueron fáciles, los brazos se mezclaban entre el rojo del músculo y el blanco del cartílago formando gusanitos bicolor.

Se preguntaba hasta donde tendría que moler de él para que finalmente muriera, faltaba poco y sus quejidos se iban apagando. Al llegar al codo, tomó el machete cortando el brazo. El codo no se podía moler. Tendría que cortar el cuerpo en trozos.

Ese gordo le serviría para algunas semanas.

Los niños habían despertado por el ruido y el olorcito de la sangre fresca. Se acercaban asomando sus caritas curiosas, sus grandes ojos brillaron al contemplar sus platitos llenos de fresca carne.

“A comer mis niños” – avisaba la hermosa pelirroja con el vestido de seda verde pegado a su cuerpo, no solo por su voluptuosidad sino por la sangre y el sudor impregnados. Se agachaba dejando los platitos sanguinolentos en el piso de la cocina como las más afectuosa madre.


Los niños se acercaban presurosos humedeciendo sus boquitas en la carne recién molida y agradeciendo a quien la traía para ellos con los más amorosos maullidos. 


*Muchas gracias a Edgar K. Yera por la inspiración.